|
Dios. Su Divina Majestad, si hago una
vida santa, si me arrepiento, si me mortifico durante el noviciado, me
dara fuerzas y merecimientos despues para tomar el velo, sin que sea
insolente audacia tomarle. Nada he dicho aun a nadie de esta reciente
resolucion; pero estoy decidida. Hablare de esto al padre Jacinto para
que el hable a mi madre, la convenza de que me conviene y quiero ser
monja, y en vista de mi resolucion desengane a D. Casimiro. Desengana
tu, desde luego, al infeliz D. Carlos. No te niego que le he querido,
que le quiero aun; pero no se lo digas. Dile que quiero a otro; que en
mi corazon hay un inmenso vacio, donde reinan pavorosas tinieblas. No
basta D. Carlos a llenar ni a iluminar este vacio, y si Dios no le llena
y le ilumina, me morire de miedo, y lo menos doloroso que ocurrira sera
que le llene mi perturbada imaginacion con espectros horribles que
surgen de mi atribulada conciencia. Adios."
XX
La lectura de escrito tan melancolico aguo el contento del paseo del
Comendador y de su sobrina. Apenas se hablaron ya hasta volver a casa.
Aquella crisis repentina del alma de Clara puso a D. Fadrique taciturno.
Las ideas que acudian a su mente no eran para reveladas a su sobrina.
Pensaba el Comendador que el perpetuo roce del espiritu de Dona Blanca
con el de su hija; que la presion que ejercia en aquella joven de diez y
seis anos el severo y atrabiliario caracter de su madre, y que los
terrores de que habia cargado su conciencia, tenian a la pobre Clara en
un estado de animo no muy distante del delirio. La carta a Lucia era la
senal alarmante que Clara daba de aquel estado.
El Comendador, empero, aunque lleno de zozobra, decidio no intervenir
aun en nada. La resolucion de la crisis podia ser favorable si el no
intervenia. Su intervencion podia hacerla mas peligrosa.
La sinceridad de Clara era evidente. De subito sin que el P. Jacinto, ni
nadie, se lo inspirase, habia cambiado de proposito y se hallaba
resuelta a ser monja. Harto se comprende que para las creencias del
Comendador esta resolucion era funesta; pero en virtud de esta
resolucion era casi seguro que D. Casimiro seria despedido. Iba a
eliminarse un obstaculo; iba a descartarse un adversario.
D. Fadrique determino, pues, aguardar con calma, sin dejar de estar a la
mira.
Al mismo P. Jacinto no le insinuo ningun aviso que pudiera servirle de
regla de conducta. Se fio por completo, de su buen natural, y le dejo
seguir libremen
|