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e en el claustro.
Juzgandome menos digna que antes de ser esposa de Cristo, he pensado en
la infinita bondad de aquel Soberano Senor, padre de las misericordias,
y he comprendido que, aun siendo yo indigna de todo, podia acudir a El y
refugiarme en su seno, segura de que no me rechazaria, de que me
acogeria amoroso, purificandome y santificandome con su gracia.
--Tu me hablas de nuevos y extranos sentimientos, pero sin decir cuales
son --dijo Lucia.-- Aqui hay un misterio que no me dejas penetrar.
--iAy! --exclamo Clara,-- apenas si yo le penetro. ?Como declarartele?
Mira, Lucia, yo conozco que amo siempre a D. Carlos. Si me finjo en
completa libertad de elegir mi vida, me parece que mi eleccion sera ser
mujer de D. Carlos. Su talento, su bondad, su delicada ternura, me hacen
presentir que seria yo dichosa viviendo a su lado. Te lo confesare. A
pesar del horror que mi madre ha sabido inspirarme a la complacencia de
los sentidos, la imagen material de D. Carlos, su porte, la gallardia
de su cuerpo, la elegancia y pulcritud de su vestido, el fuego de sus
ojos y la viva animacion de su semblante y la frescura de su boca me
atormentan y me hieren, y me distraen de mis piadosas meditaciones.
--Te lo repito, Clarita: en nada de eso veo yo la obra del diablo; en
nada descubro influencias sobrenaturales: todo es naturalisimo. Y si,
como tu afirmas, la naturaleza es el pecado, bien es menester, o que
Dios nos de medios sobrenaturales para vencerla, o que nos perdone con
muchisima generosidad cuando ella nos venza. ?Donde estan esos
sentimientos singulares que te perturban?
--Lucia, tu hablas con suma ligereza. Tus razones tienen no se que fondo
de impiedad. Me da miedo. Mi madre no se enganaba. El trato, la
conversacion con tu tio debe de ser muy peligrosa.
--No disparates, Clara. A mi tio no se le ha ocurrido jamas darme
lecciones de impiedad. Si lo que yo sostengo es poco piadoso, la culpa
es completamente mia. Sere yo la que esta endiablada. Pero dejemos a un
lado esas cuestiones: vamos a lo que importa. Dime que raros
sentimientos te asaltan el alma, inspirandote esa humildad, esa
desconfianza profunda, que te induce a tomar el velo.
--No acierto a decirtelo. Me falta valor.
--Ea... animo... di lo que es.
--Mi madre no ha hecho mas que hablarme de tu tio desde que aparecio en
esta ciudad... desde que yo le vi y pasee con el una tarde. Me le ha
pintado como pudiera haberme pintado a Luzbel, rodeado aun de herm
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