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accion principal, no los habiamos dicho.
El nino mayorazgo, hijo de D. Jose y de Dona Antonia, habia ido, hacia
poco, al Colegio de guardias marinas de la isla, con buenas cartas de
recomendacion de su senor tio.
Dona Antonia andaba siempre con las llaves de una parte a otra, ya en la
reposteria, ya en la despensa, ya en la bodega del aceite, ya en la del
vino, ya en la del vinagre.
La casa tenia todo esto, como casa de labrador, a par que de senores,
pues D. Jose, al trasladarse a la ciudad, habia traido a ella muchos de
sus frutos para venderlos con mas estimacion y darles mas facil salida.
Don Jose, cuando no hacia cuentas con el aperador, o bien oia a los
caseros, que venian a verle y a informarle de todo desde las caserias, o
se largaba a la botica, donde habia tertulia perpetua y juego por
manana, tarde y noche.
Resultaba, pues, que el Comendador, salvo a las horas de las tres
comidas, y un rato de noche, cuando habia tertulia, a la cual no
faltaba jamas D. Carlos de Atienza, se hallaba en una grata y apacible
soledad, no interrumpida sino por la rubia sobrina, la cual le buscaba
siempre, preguntandole que habia de nuevo respecto a Clara.
Don Jose y Dona Antonia, que estaban en Babia, nada sabian de los
disgustos y cuidados del Comendador. Lucia los sabia a medias; distando
infinito de presumir, a pesar de sus hipotesis, que Clara estaba ligada
a su tio con vinculo tan natural.
Los criados de la casa y el publico todo seguian desorientados en punto
a D. Carlos de Atienza. Viendole joven, elegante y lindo, que venia con
frecuencia a la casa, y que cuchicheaba siempre con Lucia, supusieron
con visos de fundamento que era su novio, y ya en la casa le apellidaban
el novio de la senorita.
Tal era la situacion de cada uno de los personajes secundarios de esta
historia cuando el Comendador, despues de su entrevista con Dona Blanca,
se hallaba tan desazonado.
Durante la comida le colmaron de cuidados, creyendole indispuesto. Dona
Antonia supuso que tendria jaqueca y le excito a que fuese a reposar. D.
Jose, despues de decirle lo mismo, se largo a la botica. Lucia, con mas
vivo interes, trato de informarse mil veces de la causa del disgusto de
su tio; pero no consiguio nada.
El Comendador, a sus solas, no hacia mas que pensar sobre su dialogo
con Dona Blanca, y concebir los mas encontrados pensamientos, aunque
siempre poco gratos.
Ya se le figuraba que dicha senora tenia un orgullo satanico, un gen
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