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estaba delicada, pero que al fin lo
pasaba regular, como casi todos, cuando de repente, cual si hubiera
tenido alguna aparicion de los malos y hubiera peleado con ellos, cayo
en tal postracion, que ha sido menester ponerla en la cama, donde esta
aun con calentura.
Don Fadrique sintio un frio repentino, que discurria por todo su cuerpo
y que hasta los huesos le penetraba. Imagino que se le erizaban los
cabellos. Se inmuto; pero con habla interior dijo para si:
--En efecto, ?habre sido tan brutal que la haya asesinado?
Notando despues que Lucia no tenia mas que decir y aguardaba respuesta,
el Comendador hizo un esfuerzo para aparentar serenidad, y dijo a su
sobrina:
--Ve, hija mia; ve a cumplir con ese deber de caridad y de amistad para
con Clarita. Procura consolarla. iOjala que el padecimiento de Dona
Blanca no tenga peores consecuencias!
--Voy volando, --replico Lucia.
Y sin aguardar mas, con la venia de su madre, que ya tenia, bajo la
escalera y se fue a la casa inmediata.
XXVII
La sobrina del Comendador tenia tan alegre caracter como su tio. Era,
por naturaleza, tan optimista como el. Casi todo lo veia de color de
rosa; pero, compasiva y buena, tomaba pesar por los males y disgustos de
los otros, si bien procurando mas consolarlos o remediarlos que
compartirlos.
Con esta disposicion de animo entro Lucia a ver a Clara. Apenas se
vieron, se abrazaron estrechamente.
Clara, al contrario de Lucia, era melancolica, vehemente y apasionada,
como su madre. Sobre esta condicion del caracter, que era ingenita en
ella, la educacion severisima de Dona Blanca, su continuo hablar de
nuestra perversidad nativa, su concepto del mundo y del vivir como valle
de lagrimas y tiempo de prueba, y su terror de la eterna condenacion y
de lo facil que es caer en el pecado, habian difundido por toda el alma
de Clara una sombra de amarga tristeza y de medrosa desconfianza. Por
dicha, Clara carecia de aquel orgullo, de aquel imperio de su madre, y
el lado obscuro y tenebroso de su espiritu estaba suavemente iluminado
por un rayo celeste de humildad, resignacion y mansedumbre.
Clara era mil veces mas amante que su madre, y se abandonaba a la
dulzura de amar, si bien con recelo siempre de pecar amando.
Ambas amigas se hallaban en un cuarto contiguo a la alcoba de Dona
Blanca.
El cuitado de D. Valentin no sabia que hacer: andaba inquieto; bullia de
un lado a otro, sin atreverse a entrar en la alcoba de su mujer pa
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