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limpio. El P. Jacinto parecia otro del que antes era. Mostrabase preocupado; buscaba evasivas para no contestar a derechas: sus misterios y reticencias daban a su interlocutor una confusa alarma. Al fin tuvo D. Fadrique que dejar partir al fraile, sin averiguar nada mas que lo que ya sabia. Aquella noche no salio de su cuarto; no quiso ver a nadie; pretexto hallarse indispuesto, para encerrarse y aislarse. Se pasaron horas y horas, y aunque se tendio en la cama, no pudo dormir. Mil tristes ideas le atormentaban y desvelaban. Rendido de la fatiga, se entrego al sueno por un momento; pero tuvo visiones aterradoras. Sono que habia asesinado a Dona Blanca, y sono que habia asesinado a su hija. Ambas le perdonaban con dulzura, despues de muertas; pero este perdon tan dulce le hacia mas dano que las punzantes palabras que aquel dia habia escuchado de boca de su antigua querida. Esta y Clara se ofrecian a su imaginacion con la palidez de la muerte, con los ojos fijos y vidriosos, pero como triunfantes y serenas, subiendo lentamente por el aire, hacia la region del cielo, y entonando un antiguo himno religioso, que siempre habia atacado los nervios y contrariado los sentimientos harto gentilicos del Comendador por su funebre ternura, por su identificacion del amor y de la muerte, y por su misantropica exaltacion del ser del espiritu por cima de todo deleite, contento, esperanza, consolacion o bien posible en la tierra. Las mujeres, que iban subiendo al cielo, cantaban; y D. Fadrique oia, a traves del ambiente tranquilo, los ultimos versos del himno, que decian: _Mors piavit, mors sanavit Insanatum animum_ Con estos dos versos en la mente se desperto D. Fadrique. Apenas se hubo vestido, oyo que daban golpecitos a la puerta. --?Quien es? --pregunto? --Soy yo, tio --dijo la dulce voz de Lucia.-- Tengo que hablar con V. ?Puedo entrar? --Entra, --contesto el Comendador con bastante zozobra de que Lucia trajese malas noticias. La cara de Lucia estaba demudada. Los ojos algo encarnados, como si hubiesen vertido lagrimas. --?Que hay? --dijo D. Fadrique. --Que Dona Blanca esta muy mala. Clara me escribe diciendomelo, y me ruega que haga la caridad de ir a acompanarla. --?Y se sabe que tiene Dona Blanca? --Yo, tio, no lo se. El mal ha venido de subito. La criada, que me trajo la carta de Clarita, dijo que su ama cayo enferma como herida por un rayo; que eso es verdad, la senora
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