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ucia, el Comendador D. Fadrique, el viudo D. Valentin, Clara y a veces
el padre Jacinto.
El joven D. Carlos de Atienza habia estado dos o tres veces en Sevilla a
ver a sus padres; pero en seguida se habia vuelto. Tenia abandonada la
Universidad; no pensaba en los estudios ni en la carrera. Habiase
consagrado enteramente a idolatrar, a consolar, a adorar a Clarita, a
quien ya veia sin dificultad, de diario.
Don Fadrique y el P. Jacinto iban y venian a Villabermeja; pero estaban
mas tiempo en la ciudad.
La donacion de los bienes de D. Fadrique se habia hecho en toda regla y
con el posible sigilo.
Don Fadrique vivia modestamente de su paga de oficial retirado.
Habitaba, no obstante, en Villabermeja la casa del mayorazgo, alhajada
con los preciosos muebles que trajo cuando vino.
El caracter de D. Fadrique no habia cambiado, pero se habia modificado.
Su optimismo natural sufria interrupciones frecuentes. Negra nube de
tristeza ofuscaba a menudo el resplandor de su abierta y franca
fisonomia.
Aunque el dolor por la muerte de Dona Blanca se habia ido mitigando en
todos aquellos corazones, Clara la recordaba con ternura melancolica, y
el Comendador con carino y con penoso arrepentimiento a la vez.
Solo D. Valentin, que comia como un buitre, y que habia engordado, y no
hallaba quien le rinese ni quien le dominase, se creia en la obligacion
de llorar cuando menos ganas tenia. Entonces la consideracion de aquello
a que se juzgaba obligado, y el ver que no le salian de adentro la
afliccion y el lloro, le compungian de nuevo y producian en el el
prurito y el flujo. D. Valentin era un mar de lagrimas dos o tres veces
por semana.
Clara, viendo ya a todas horas a D. Carlos y a D. Fadrique, habia
penetrado la diferencia de los afectos que a ambos la ligaban, y cada
dia los hallaba mas compatibles. El Comendador le inspiraba cada dia mas
veneracion, ternura y gratitud por su sacrificio generoso. D. Carlos le
parecia cada dia mas agraciado, bello, enamorado, ingenioso y poeta.
Pasaron asi algunos meses mas. Vino la primavera. Llego el verano.
Solemnizose el primer aniversario de la muerte de Dona Blanca con llanto
y con misas y otras devociones.
El escrupulo de faltar a la promesa de ser monja se borro al fin de la
mente de Clarita. Su madre, al morir, la habia absuelto de la promesa.
El amor inspirado y sentido la excitaba a no cumplirla. El bueno del P.
Jacinto, confesor de Clarita, le aseguraba que la promesa era
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