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Sepalo V. de una vez para siempre: me alegro de que
Clara entre en un convento. No sere tan vil, que por miedo de V. falte a
mi deber inculcandole lo contrario. Ahora, marchese; salga de mi casa;
dejeme tranquila.
Dona Blanca, puesta de pie otra vez, con ademan imperioso, senalando la
puerta con la mano, expulsaba al Comendador. ?Que habia de hacer, que
habia de contestar este? Dona Blanca parecio frenetica a los ojos del
Comendador, lleno de piedad y casi de susto. Temio ser cruel y mal
caballero si respondia. Guardo silencio. Vio el asunto perdido, al menos
por aquel lado, y no quiso prolongar mas el doble martirio.
Don Fadrique inclino la cabeza y salio de la sala harto apesadumbrado.
Apenas se vio en la antesala, bajo la escalera, abrio la puerta del
zaguan y se lanzo a la calle, respirando con delicia el ambiente, como
quien se esta ahogando y logra sacar la cabeza del agua en que se
hallaba sumergido.
XXV
A pesar de su optimista y regocijada filosofia; a pesar de su propension
natural a reir y a ver las cosas por el lado comico, D. Fadrique estuvo
todo aquel dia meditabundo, callado, con una seriedad melancolica harto
extrana en el.
A la hora de comer apenas probo bocado; apenas si hablo con su hermano,
con su cunada y con su sobrina, los cuales, cada uno por su estilo, le
agasajaban mucho.
Don Jose era un senor excelente, que no hacia mas que cuidar de su
hacienda, jugar a la malilla en la reunion de la botica y dar gusto a
Dona Antonia.
Esta senora tenia una pasta de las mejores: cuidaba de la casa con
esmero, cosia y bordaba. Era buena cristiana, iba a misa todos los dias
y rezaba el rosario con los criados todas las noches; pero en todo ello
habia algo de maquinal, de formula, costumbre o rutina, sin que Dona
Antonia se metiese en honduras religiosas. Solo salia algo de sus
casillas y mostraba cierto entusiasmo apasionado en favor de la Virgen
de Araceli, de Lucena (Dona Antonia era lucentina), prefiriendola a las
otras Virgenes y hallandola mas milagrosa.
En cuanto a director espiritual, Dona Antonia tenia a un capuchino
fervoroso y elocuente, cuya fama eclipsaba entonces la del P. Jacinto,
el cual, como mas tibio en el predicar y en el reprender, no hacia
tantas conversiones ni traia al redil tantas ovejas descarriadas como su
cofrade barbudo.
Lucia tenia por confesor al P. Jacinto, y se llevaba tan bien con su
madre, que las unicas discusiones que habia entre ellas eran sobre los
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