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ra que no le despidiese a gritos, porque venia a turbar su reposo, y sin atreverse tampoco a no estar alli cerca para que su mujer no le acusase de indiferente, egoista y desalmado, que no miraba con interes sus males, y ni siquiera preguntaba por su salud. En esta perplejidad, D. Valentin entraba y salia; asomaba de vez en cuando la nariz a la alcoba, a ver si le veia Dona Blanca y le decia que entrase, y, sin decidirse a entrar, mientras no alcanzaba la venia, preguntaba a Clara por su madre, ni en voz muy alta para que Dona Blanca se incomodase, ni en voz muy baja para que fuera posible que Dona Blanca le oyese y comprendiese que su marido cuidaba de ella y no era un hombre sin entranas. Este procedimiento prudentisimo no le valio, sin embargo. Ya una vez, como repitiese con harta frecuencia lo de asomar la nariz a la puerta de la alcoba, Dona Blanca habia dicho: --?Que haces ahi? ?Vienes a molestarme? Pareces un buho que me espanta con sus ojos. Dejame en paz, por Dios. Poco despues se descuido algo D. Valentin, alzo la voz demasiado al preguntar a Clara por su madre, y esta exclamo desde la alcoba: --iQue pesadilla de hombre! Se ha propuesto no dejarme descansar. iSi parece que esta hueco! Valentin, habla bajo y no me mates. D. Valentin salio entonces zapeado de la estancia en que se hallaban Clara y Lucia, y las dejo solas. Aunque Dona Blanca era buena cristiana, estos raptos de mal humor contra su marido se comprenden y explican como en cierto modo independientes de su voluntad. Dona Blanca no habia encontrado en el ni un atomo de la poesia, ni una chispa de las sublimidades que habia sonado hallar, en su inexperiencia, en el hombre a quien dio su mano, siendo aun muy nina. Luego, hacia diez y siete anos, no veia ella en D. Valentin sino un hombre cuya serenidad era el perpetuo sarcasmo de las borrascas de su corazon; cuya union con ella habia hecho que lo que pudo ser un bien licito, una felicidad santificada, fuese un pecado abominable, y cuya salud corporal parecia una burla de los achaques y padecimientos que a ella la atormentaban. Hasta la paciencia con que D. Valentin la sufria era odiosa a Dona Blanca, cual si implicase bajeza, gana de no incomodarse por no molestarse, desden o menosprecio. En balde procuraba Dona Blanca formar mejor opinion de su marido, a fin de respetarle, como reflexivamente conocia que era su deber: Dona Blanca no lo lograba. Las mejores prendas de alma de D. Valentin,
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