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ambio de mi parte la libertad de mi hija. Y
digo exigiendole la libertad de mi hija, porque si no le da libertad, si
no procura quitarle de la cabeza tanto insano delirio, si no determina
curarla de la mortal enfermedad de alma y de cuerpo, que su orgullo, su
fanatismo y sus remordimientos, mil veces mas odiosos que el pecado, han
hecho nacer, yo me he de vengar, dando el mas insolente escandalo que se
ha dado jamas en el mundo. Espero que aceptara V. gustoso mi encargo.
--Le acepto, --respondio el padre;-- mas no sin condiciones. Yo no he de
ser el instrumento de tu ruina, si tu ruina es inutil.
--?Y por que inutil?
--Porque Clara, a mi ver, no desistira ya de tomar el velo.
--?Como que no desistira? Sobre Clara pesa el yugo ferreo de su madre.
Quitemosle ese yugo, y Clara volvera a vivir, y volvera a amar a su
gallardo estudiante, y se casara con el, y sera dichosa.
--Lo dudo.
--Yo no lo dudo. Lo que no me explico es como se ha vuelto V. tan
tetrico.
--Me parece que es ya tarde, --dijo el P. Jacinto, suspirando.
--Voto al mismo Satanas --replico D. Fadrique:--no es tarde aun, si la
dicha es buena. Vaya usted hoy mismo a ver a Dona Blanca. Informela de
todo. Convenzala de que es libre Clara; de que los bienes que de D.
Valentin ha de heredar estan ya pagados. Sepa Dona Blanca que yo rescato
misteriosamente a nuestra hija. Sepa tambien que si no admite el
rescate, rompere todo freno; lo dire todo; sere capaz de una villania;
la deshonrare en publico; leere a D. Valentin cartas que aun de ella
conservo; hare doscientas mil barbaridades.
--Vamos, hombre, moderate. En seguida ire a hablar con Dona Blanca. Ella
es madrugadora. Estara ya de punta y me recibira. Aguardame en tu casa,
y alla acudire a referirte mi entrevista.
--En casa aguardare a V. Apresurese, padre, porque estoy devorado por la
impaciencia.
Dicho esto, el fraile y D. Fadrique se levantaron y salieron juntos de
la celda a la calle, por la cual caminaron en silencio, hasta que el uno
entro en casa de su hermano y el otro en casa de Dona Blanca Roldan.
Dando paseos por su estancia; despidiendo desabridamente a la curiosa
Lucia, que asomo la rubia cabeza a la puerta, y pregunto, como de
costumbre, que habia de nuevo, y lleno todo de agitacion, espero D.
Fadrique mas de hora y media.
El fraile llego al cabo; pero, antes de que abriese los labios, columbro
D. Fadrique, en lo melancolico que venia, que era portador de malas
nuevas.
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