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gada y sumisa voz: --iJesus me valga! El dolor de Clara fue profundo. Silenciosamente lloro la muerte de su madre. Lucia lloro tambien y trato de mitigar con su afecto el dolor de su amiga. El P. Jacinto, acostumbrado al espectaculo de la muerte y familiarizado con ella, cerro piadosamente los ojos y la boca de la difunta, que se habian quedado abiertos; puso sus manos en cruz, y la extendio en el lecho. El debil D. Valentin, cuando vio muerta a su mujer, sintio por un lado una pena muy viva, porque todavia la amaba; pero, por otro lado, segun aseguran malas lenguas, que siempre estan de sobra, advirtio cierto alivio, cierto desahogo, cierto infame deleite en su alma, como si le quitaran un enorme peso de encima, como si le libertaran de la esclavitud. Tan opuestas pasiones, batallando dentro de su nerviosa y debil constitucion, le hicieron romper en risa sardonica. Despues se asusto de si mismo; se creyo peor de lo que era, tuvo miedo del diablo; tuvo vergueenza de que Dios, que todo lo ve, viese la sucia fealdad de su conciencia, y se compungio y amilano. Acudieron entonces a su memoria los amores pasados, los dulces dias de la ilusion, el tiempo en que su mujer le queria; y todo ello enternecio por tal arte aquel pecho nada varonil, que el desgraciado se deshizo en lagrimas, dando sollozos, gemidos y hasta gritos, moviendo a gran compasion el verle y el oirle. El P. Jacinto llevo a D. Fadrique la noticia de la catastrofe. Don Fadrique, retirado en su cuarto, aguardaba siempre con ansiedad noticias de la enferma. Esta vez, al mirar al P. Jacinto, el Comendador leyo en su rostro lo que habia ocurrido. --Ha muerto, --dijo el Comendador. --Ha muerto, --respondio el fraile. El Comendador no replico palabra. Inmovil, de pie, callado, sintio un dolor mezclado de remordimiento. Dos gruesas y amargas lagrimas rodaron por sus mejillas. --Te ha perdonado --dijo el P. Jacinto. --iAh, padre!... yo no me perdono... Me seria menos insufrible en la memoria el recuerdo de una afrenta no vengada... de una vileza en que yo hubiese incurrido... de una mancha en mi honor... En cualquiera otro caso me seria mas facil conciliarme conmigo mismo. Aunque Dios me perdone... yo no me perdono. XXX A los seis meses de la muerte de Dona Blanca, en pleno invierno, se reunian todas las noches en torno del hogar, en el piso alto de la casa del mayorazgo D. Jose Lopez de Mendoza, a mas de su mujer y de su hija L
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