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a, enjugo las lagrimas del mozo con el propio
panuelo de ella; luego le dio tres o cuatro palmaditas en el grueso y
robusto cogote; luego le hizo unas cuantas muecas como remedando la
desconsolada cara que ponia, y, por ultimo, le pego un afectuoso y
archi-familiar tiron de las narices.
Tomasuelo no supo resistir a tanto favor y regalo. Como rayos de sol
entre nubes, la alegria y la satisfaccion aparecieron en sus ojos a
traves de las lagrimas. La boca de Tomasuelo se abrio, ensenando la
blanca, completa y sana dentadura. No pudo sonreir, porque se quedo
boquiabierto y como traspuesto.
Nicolasa entonces repitio los cogotazos; anadio al tiron de las narices
unos cuantos tirones de las orejas, y Tomasuelo penso que se le llevaban
al paraiso y que era el mas feliz de los mortales.
En esta situacion de animo convino en que Nicolasa debia casarse con D.
Casimiro; en que el debia seguir siendo su hermano, sin pensar, o sin
decir al menos que pensaba en otra cosa; y concibio con claridad, mas
que por el discurso y las razones, por los blandos cogotazos y por los
tirones de orejas, toda la suavidad, hechizo, consistencia y deleite del
amor espiritual que a Nicolasa le ligaba.
Asi vencio Nicolasa los obstaculos todos y aseguro su proyectada boda
con D. Casimiro.
La fama difundio al punto la noticia por toda Villabermeja; salvo luego
su termino y la llevo a la ciudad, y a los oidos del Comendador, de su
familia y de los senores de Solis.
El Comendador habia sido visitado por D. Casimiro y le habia pagado la
visita. No se habian hallado en casa y no se habian visto. La frialdad
de sus relaciones no hacia necesario mas frecuente trato.
No bien supo el Comendador el resuelto proyecto de boda entre D.
Casimiro y Nicolasa, fue a Villabermeja; visito a la chacha Ramoncica y
tuvo una larga conferencia con ella, de cuyo objeto se enterara mas
tarde el curioso lector. Despues de esto se volvio a la ciudad D.
Fadrique.
XXII
Clara habia vuelto a salir de paseo con Lucia y acompanada del
Comendador y de Dona Antonia; pero Clara estaba cambiada.
Su palidez y su debilidad eran para inspirar serios temores. Su
distraccion continua asustaba tambien al Comendador. Cuando este le
dirigia la palabra, Clara se estremecia como si la sacasen de un sueno,
como si cortasen el vuelo remontado de su espiritu y le hiciesen caer de
pronto del cielo a la tierra, a modo de pajarillo herido por el plomo
alla en lo sumo del aire.
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