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stuvo alegre, aunque hondamente conmovido, en aquella
solemne ocasion, en que una persona tan querida de su alma se unia con
lazo indisoluble al hombre que debia hacerla dichosa.
Don Jose y Dona Antonia se volvieron temprano a su casa.
Lucia permanecio al lado de Clara hasta mas tarde. Tambien se quedo con
ella el Comendador.
Juntos y solos volvieron ambos a la casa. La noche estaba hermosisima,
la calle silenciosa y solitaria, el ambiente tibio y perfumado, el,
cielo lleno de estrellas y sin luna.
Lucia iba callada, contenta, pensado en la ventura de su amiga.
No estaba D. Fadrique menos sonador e imaginativo.
El transito de una casa a otra era cortisimo; pero, sin reflexionar, le
alargaron ellos, parandose en medio de la calle y contemplando la boveda
inmensa del firmamento, como si quisiesen interrogar a las eternas
luces, que alli fulguraban, sobre la suerte de los recien casados y
quiza sobre la propia suerte.
Lucia, dando un suspiro, dijo al fin:
--iNo lo dude V... seran muy felices!
--Alegrate solo y no estes envidiosa --respondio el Comendador;-- tu
hallaras tambien un hombre que te merezca, que te ame y a quien ames tu
con toda la energia de tu corazon.
--No, tio, no me amara --replico Lucia.-- Yo soy muy desgraciada.
Y Lucia suspiro de nuevo. El Comendador, a la dulce y escasa luz de los
astros, vio entonces que corrian dos hermosas lagrimas por las mejillas
de Lucia. La luz de los astros se quebraba en aquellos liquidos
diamantes y daba reflejos de iris.
El Comendador no fue dueno de si mismo. Acerco su rostro al de Lucia y
puso los labios en una de aquellas lagrimas. Luego exclamo:
--iTe amo!
Lucia no contesto palabra. Echo a andar hacia su casa; llamo, abrieron,
y entro seguida del Comendador.
Al llegar a la escalera, se volvio y le dijo:
--Buenas noches, tio. Adios, hasta manana. Mama me estara aguardando.
El Comendador puso la cara mas afligida del mundo, viendo que tan
secamente respondia la muchacha, o mejor dicho, no respondia a su
repentina y vehemente declaracion.
Ella se apiado entonces, sin duda, y anadio sonriendo:
--Hable V. manana con mama...
--?Y que?... --interrumpio D. Fadrique.
--Y pida V. la licencia a Roma.
Dicho esto, muy avergonzada, pero muy satisfecha, Lucia subio a brincos
la escalera, y dejo al Comendador no menos contento que ella iba.
Cuando supo Clara que Lucia y el Comendador habian decidido casarse, se
alegro en extremo.
Don
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