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A pesar de la benignidad y dulce condicion de Clara, D. Fadrique advertia con pena que aquella linda criatura esquivaba su conversacion; casi no le respondia sino con monosilabos, y hasta procuraba que el no le hablase. Con Lucia era Clara mas expansiva, y Lucia seguia siendolo siempre con el Comendador. Por medio, pues, de Lucia penetraba aun el Comendador en el espiritu de aquel ser querido y comunicaba algo con el. Las nuevas que Lucia le daba eran en substancia siempre las mismas, si bien mas inquietantes cada vez. --No lo comprendo, tio --decia Lucia,-- pero a veces me doy a cavilar que a Clara le han dado un bebedizo. iTiene unos terrores tan inmotivados! iSiente unos remordimientos tan fuera de razon!... No se que sea ello. Dona Blanca le ha puesto tan feroces escrupulos en el alma, le ha hecho recelar tanto de su apasionada natural condicion... que la infeliz se cree un monstruo, y es un angel. Tal vez imagina que la persiguen las furias del infierno, los enemigos del alma, una legion entera de diablos, y entonces no se considera en salvo sino acogiendose al pie del altar. Es menester que avisemos a D. Carlos que venga pronto, a ver si liberta a Clara de este genero de locura. El Comendador y Lucia escribieron con la misma fecha a D. Carlos de Atienza, participandole la novedad de la despedida de D. Casimiro, de la resolucion de Clara de retirarse a un convento y del estado poco satisfactorio de su salud. Don Carlos partio desatentado de Sevilla, y estuvo en la ciudad a poco. Con el mismo recato y disimulo de siempre Don Carlos volvio a ver a Clara en los paseos que esta daba con Lucia; pero la delicada salud de Clara le lleno de desconsuelo. Y mas aun, si cabe, le atormento y afligio el ver a Clara esquiva, timida como nunca, apartandose de el y no queriendo apenas hablarle, aunque mirandole a veces con involuntarias amorosas miradas, que se conocia que ella dejaba escapar a su despecho, y con las cuales, mas que amor, reclamaba piedad, conmiseracion y hasta perdon por su inconsecuencia de dejarle, de haber alentado sus esperanzas, y de matarlas ahora entrando en el claustro. La desesperacion de D. Carlos de Atienza llego a su colmo. Con no poca amargura echaba la culpa de todo al Comendador. --Para esto --decia-- me obligo V. a que me ausentase. En esto han parado las promesas de arreglarlo todo en menos de un mes: en que Clara se me este muriendo, y en que ademas haya dejado de amarme y quiera
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