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de nuevo la puerta y
dijo en alta voz:
--Dios te guarde, muchacha.
--Dios guarde a su merced, --contesto ella.
Entonces el Comendador y su guia subieron rapidamente la escalera. Ya
en la antesala, donde tampoco habia un alma, dijo el fraile a D.
Fadrique, senalandole una puerta:
--Alli esta Dona Blanca. Entra... hablale; pero ten juicio.
Don Fadrique, con animo decidido, con verdadero denuedo, se dirigio a la
puerta senalada, entro, y la volvio a cerrar.
No bien desaparecio D. Fadrique, llego la criada.
--iHola! --dijo el P. Jacinto.-- ?Esta Dona Blanca sola?
--Si, padre. ?No entra su merced a verla?
--No; mas tarde. Dejala tranquila. No entres ahora, que estara ocupada
en sus negocios. No la distraigamos. ?Esta Clarita en su cuarto?
--Si, padre.
--Ea, vete a tus quehaceres, que yo voy a ver a Clarita.
Y, en efecto, el P. Jacinto y la criada se fueron por su lado cada uno.
Entre tanto, D. Fadrique se hallaba ya en presencia de Dona Blanca,
sorprendida, pasmada, enojada de tan imprevisto atrevimiento. Sentada en
un sillon de brazos, habia levantado la cabeza al sonar el pestillo y la
puerta que se abria, habia visto que la volvia a cerrar quien habia
entrado, habia reconocido al punto al Comendador, y aun casi inmovil,
silenciosa, le miraba de hito en hito, sospechaba si estaria sonando, y
apenas si se atrevia a dar credito a sus ojos.
El Comendador se adelanto lentamente dos o tres pasos.
No saludo de palabra; no pronuncio una sola: no hallaba, sin duda,
formula de saludo que no disonase en aquella ocasion; pero con el gesto,
con el ademan, con la expresion de toda su fisonomia, mostraba que era
un caballero respetuoso, que pedia humildemente perdon de la astucia y
de la audacia que se habia visto obligado a emplear para llegar hasta
alli. En su rostro se veian las disculpas que de palabra no daba. Si
atropellaba respetos, lo hacia con razon suficiente. A par de estas
cosas, se leia asimismo en el rostro varonil del Comendador la firme
resolucion de no salir de alli hasta que se le oyese.
Dona Blanca se hizo al punto cargo de todo esto. Conocia tan bien a
aquel hombre, que no necesitaba a veces oirle hablar para penetrar sus
intenciones y sus sentimientos. Dona Blanca comprendio que lo menos malo
era oirle; que no podia echarle, sin exponerse a dar el mayor de los
escandalos. No quiso, sin embargo, aparecer desde luego resignada. Se
alzo de su asiento, y antes de que el Comendador habl
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