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con intervencion quizas de algun demonio astuto, se trocaban, en el alma de Dona Blanca, en defectos ridiculos. En balde pedia a Dios Dona Blanca que le concediese, ya que no amar, estimar a su marido. Dios no la oia. Zapeado, pues, D. Valentin, Dona Blanca quedo sola en la alcoba, abismada, sin duda, en sus hondos y amargos pensamientos, y Clara y Lucia, casi al oido la una de la otra, hablaron asi: --?Que ha dicho el medico, Clara? ?Que tiene tu madre? --pregunto Lucia. --El medico hasta ahora --respondio Clara,--no ha dicho mas que lo que cualquiera de nosotros ve y comprende: que mi madre tiene calentura; pero la calentura es solo sintoma de un mal que el medico desconoce aun. Anoche la calentura fue muy fuerte y nos asustamos mucho. Hoy de manana ha cedido. --Vamos, Clarita, ya veo que exageraste en tu carta y me alarmaste sin motivo. Tu madre se curara pronto. Apuesto que la causa de toda su indisposicion ha sido alguna rabieta que ha tenido con D. Valentin. --Pues te equivocas. Mi madre no ha tenido la menor rabieta con nadie en todo el dia de ayer. Papa estuvo en el campo. --Entonces se concibe que no rabiase con el. ?Y contigo no rabio? --Hace dias que mi madre esta dulcisima conmigo. Te repito que ayer no se sofoco mama con nadie; no rino a ninguna criada; estuvo apacible y silenciosa. Clara, si bien era una criatura de singular despejo, se forjaba la extrana ilusion de que una buena madre de familia tenia forzosamente que rabiar, y asi no decia nada de lo dicho para censurar a su madre, sino candorosamente. Lucia no insistio en buscar el origen del mal de Dona Blanca: se inclino a creer que este mal era pequeno, a fin de no tener que afligirse; y volviendo la conversacion hacia otros puntos, pregunto a su amiga: --Clara, ?sigues firme en tu resolucion de tomar el velo? --Estoy mas resuelta que nunca. Una voz misteriosa me grita en el fondo del alma que debo huir del mundo; que el mundo esta sembrado de peligros para mi. --Confieso que no te entiendo. ?Que peligros tendra el mundo para ti, que para los demas no tenga? --iAy, querida Lucia; el desorden de mi espiritu, los extranos impulsos de mi corazon, la violencia de mis afectos! --Pero, muchacha, ?que violencia, ni que desorden es ese? Yo no hallo desordenado ni violento el que ames a D. Carlos, que es muy guapo y joven, y el que no gustes de D. Casimiro, que es viejo y feo. Esto me parece naturalisimo. --Sera natural, porq
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