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osos
fulgores de su primitiva naturaleza angelica, valeroso, audaz,
inteligente como pocos seres humanos. Me ha hecho creer que ejerce tal
imperio sobre las almas, que las atrae y las cautiva, y las pierde si
gusta. En su mirada hay una luz siniestra que ciega o extravia. En su
palabra, una musica seductora que embelesa los entendimientos y
ensordece la voz del deber en la conciencia. Segun mi madre, tu tio es
la maldad personificada, el dechado de la irreligion, un rebelde contra
Dios, de quien conviene apartarse para no contaminarse. En resolucion,
cuanto mi madre ha dicho de tu tio debiera infundirme hacia el un odio,
una aversion grandisima. Se por mi madre que el Comendador es un
reprobo. No hay esperanza de que se salve. Esta condenado. Es como
Luzbel. Y, sin embargo, lejos de producir en mi los discursos de mi
madre el horror hacia el Comendador que ella deseaba, tal es mi
perversidad, tan pecaminoso es mi espiritu de contradiccion, que han
avivado mis simpatias hacia tu tio. Yo no debiera decirtelo, yo no se
como tengo la desvergueenza de decirtelo. Apenas si a mi confesor le he
dejado entrever algo de lo que siento en el negro abismo de mi corazon.
Pero, si no te lo digo... ?con quien me desahogo?... Lucia, tu eres mi
mejor amiga... Yo quiero al Comendador de un modo inexplicable. Me
siento arrastrada hacia el. Creo en todas sus maldades porque mi madre
me las ha dicho; y creo que Dios, a quien el Comendador es simpatico, se
las va a perdonar, como yo se las perdono. ?No es una monstruosidad, no
es una aberracion este carino hacia una persona casi desconocida? Yo me
condenaba antes por mi inclinacion a D. Carlos, a despecho, a escondidas
de mi madre. Ahora me sucede casi lo mismo que a ti: mi inclinacion a D.
Carlos me parece natural. Lo diabolico, lo abominable es mi inclinacion
a tu tio. Es un sentimiento tan distinto, que no destruye ni aminora mi
afecto a D. Carlos. Esto prueba mi desordenada indole, mi pecadora y
perturbada manera de ser. No se con que pretexto, bajo que titulo, con
que nombre carinoso he de acercarme a el, hablarle, llegar a su
intimidad, y lo deseo. Cuantas cualidades detestables mi madre le
atribuye, se me antoja que no lo son en el, porque es un ser de superior
natural jerarquia y esta exento de la ley comun para los demas mortales.
Con la mirada fija, con el semblante no risueno, como le tenia de
costumbre, sino triste y grave, y sin acertar a contestar palabra, oyo
Lucia la inespera
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