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u espiritu vacilaba y no se aquietaba jamas. La
fuerza de cualquier encontrado pensamiento bastaba a descontentarla de
lo que habia hecho, y no bastaba a hacerle cambiar y a moverla a hacer
otra cosa. No producia sino nueva mortificacion esteril.
Asi es que Dona Blanca percibia vivamente la presion que habia ejercido
sobre el alma de su hija, que, sin querer, acaso la habia hecho infeliz,
y que su hija iba a encerrarse en un convento, no devota, sino
desesperada. Las rudas acusaciones del Comendador durante la fatal
entrevista, acusaciones contra las cuales se habia ella defendido con
valor y tino, terminada aquella lucha de palabras, acudian a su mente
con mayor fuerza, sin que las dijera el Comendador, sin que se pudieran
rechazar merced al calor de la disputa, y labrando en su animo como una
honda llaga.
El ardiente amor que el Comendador le habia infundido, siendo causa de
que ella se humillase, se habia convertido en espantoso aborrecimiento y
sin perder este caracter, sin volver a su ser primero, porque ya no era
posible, porque su alma tenia mucha hiel para poder amar, habiase
recrudecido en su seno durante la entrevista con el hombre que le
inspiraba.
Todos estos dolores, tribulaciones y combates espirituales no es de
maravillar que produjesen en Dona Blanca una enfermedad aguda,
sobrexcitando sus males cronicos.
Poco despues de la conversacion entre Clara y Lucia, de que acabamos de
dar cuenta, visitaron a la enferma los dos medicos mejores de la
ciudad. Ambos convinieron en que su dolencia era de cuidado. Ambos
reconocieron cierta alarmante alteracion en la circulacion de la sangre,
que por la fiebre sola no se explicaba. El corazon tenia una actividad,
enfermiza y un excesivo desarrollo. El pulso era vibrante y duro. El
lado izquierdo del pecho de la enferma se estremecia con las
palpitaciones. Un vivo carmin tenia las mejillas de Dona Blanca, de
ordinario palidas.
Los medicos auguraron mal de estos y otros sintomas: la principal
dolencia estaba complicada con otras muchas. No hallando, pues, remedio
eficaz por lo pronto, recetaron algunos paliativos, y entre ellos la
digital en pequenas dosis.
Aunque disimularon bastante la gravedad y el caracter poco lisonjero de
sus observaciones y pronosticos, dejaron a las dos amigas en extremo
afectadas.
Todo aquel dia permanecio Lucia al lado de Clara, auxiliandola en sus
faenas y cuidados; pero ya no era ocasion propicia para volver a las
confidencias
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