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da confesion de Clara.
Despues de unos instantes de silencio Clara prosiguio:
--Nada me respondes; nada observas; te callas; reconoces que soy un
monstruo. Sera amor de otro genero, sera un sentimiento indefinido, que
carece de nombre en la clase e historia de las pasiones; pero yo quiero
a tu tio y le quiero por esa misma pintura con que mi madre ha procurado
que yo le aborrezca.
A este punto llegaba Clara, cuando vino a interrumpirla la voz de Dona
Blanca, que decia:
--iHija, hija!
Lucia y Clara se estremecieron. Aunque era imposible que Dona Blanca las
hubiese oido, imaginaron por un instante que milagrosamente las habia
oido y que iba a terciar en la conversacion por estilo terrible.
--?Que manda V., mama? --dijo Clara temblando.
--Agua. Dame un poco de agua. iMe ahogo!
Las dos amigas acudieron a la alcoba a dar agua a la enferma. Entonces
notaron con pena y sobresalto que la fiebre habia crecido. Las
palpitaciones del corazon de Dona Blanca eran tan violentas, que se
hacian perceptibles al oido.
--?Que siente V., senora? --pregunto Lucia...
--Una ansiedad... una fatiga... --respondio Dona Blanca,-- el corazon me
late con tanta fuerza.
Lucia poso suavemente la mano sobre el pecho de Dona Blanca. Entonces
noto con pena que los latidos de su corazon habian perdido el ritmo
natural: eran desordenados y anormales; pero no dijo nada por no asustar
a la paciente y a su hija.
El cuidado que requeria Dona Blanca no consintio que prosiguiese el
dialogo entre Clara y Lucia.
XXVIII
Tantos anos de pesares y de tormentos habian ido destruyendo la salud de
Dona Blanca. Su tristeza sin tregua; su oculta vergueenza, con la que de
continuo tenia que verse cara a cara, sin poder hallar alivio
comunicandola y confiandose a una persona amiga; sus luchas de compasion
y de desprecio por su marido y de amor y de odio por el Comendador; su
horror del pecado que creia sentir sobre ella y que le pesaba como lepra
asquerosa e incurable; su orgullo ofendido; su temor del infierno, al
que a veces se creia predestinada, y su preocupacion incesante de la
suerte de Clara, a quien amaba con fervor y a quien en ocasiones
aborrecia, como vivo testimonio de su mas grave falta y de su mas
imperdonable humillacion, habian influido lastimosamente sobre todos los
organos de aquella vida corporal.
Dona Blanca hacia mucho tiempo estaba sujeta a frecuentes paroxismos
histericos. Habia momentos en que le parecia que se
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