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. A los pretendientes de su clase los habia desdenado cuando ya llegaban a lo serio y hablaban del cura ellos mismos. Nicolasa, no obstante, como todas las mujeres frias, pensadoras y traviesas, habia sabido retener en sus redes, en este crepusculo de amor, que califican de platonico, a varios suspiradores perpetuos, de los que llaman en Italia _patitos_. Uno, sobre todo, pudiera servir de ejemplo portentoso por su pertinacia, resignacion y fervor en las incesantes adoraciones. Tal era el hijo del maestro herrador, Tomasuelo. Desde los diez y siete hasta los veinticinco anos que ya tenia, estaba como en cautiverio agridulce. Jamas Nicolasa le dijo que le amaba de amor, y jamas le quito la esperanza de que tal vez un dia podria amarle. En cambio, le declaraba de continuo que le amaba mas de amistad que a ningun otro ser humano; y cuando le declaraba esto, se le veia al chico hasta la ultima muela, sentia una beatitud soberana, y daba por bien empleados sus, para otras cosas, inutiles y perennes suspiros. Y no se crea que Tomasuelo era canijo, ruin y tonto. Tomasuelo era listo, despejado y fuerte: el mozo mas guapo del lugar; pero Nicolasa le habia hechizado. Con un rayo de luz de sus ojos podia darle una dosis de aparente bienaventuranza que le durase una semana. Con una palabra sola podia hacerle llorar como si fuese un nino de cuatro anos. Las cadenas en que Tomasuelo gemia y gozaba a la vez de verse cautivo, estaban suavizadas para el mozo, y en cierto modo justificadas para el publico, con notable habilidad y profundo instinto. Tomasuelo podia entrar cuando se le antojase en casa del tio Gorico, ver a Nicolasa, requebrarla, mirarla con amor, acompanarla cuando salia; en suma, servirla y cuidarla, sin que nadie fuese osado a censurar lo mas minimo. Aunque entre Nicolasa y el hijo del herrador no habia el mas remoto grado de parentesco, Nicolasa habia preconizado a Tomasuelo por su hermano. Dios naturalmente no le habia dado objeto en quien poner amor fraternal; pero ella, que sentia con viveza y hondura este amor, se proporciono a Tomasuelo para consagrarsele. Con frases sencillas y con animo imperturbable, Nicolasa explicaba de esta manera sus extranas relaciones con Tomasuelo; y como Tomasuelo hacia gala de su adoracion espiritual y se lamentaba resignado de no ser querido de otra suerte, todos en el lugar, lejos de censurar, se maravillaban de aquel purisimo y angelico lazo que estrechaba asi dos almas. C
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