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. Si bien Clara no volvio a hablar del estado de su alma, sin duda pensaba en el, segun lo preocupada que estaba. Lo que antes de confiarse a Lucia habia ella percibido en imagenes vagas y como borrosas, habia adquirido, en su propia mente, mayor ser, consistencia y determinada figura al formularse en palabras. Asi es que, en medio del afan y del dolor que por su madre sentia, Clara se atormentaba con la idea de aquella inclinacion hacia un sujeto, a favor del cual, por extraordinario hechizo, se trocaban en causas y motivos de simpatia y afecto todas las razones que para aborrecerle le daban. Lucia, por su parte, tambien estaba meditabunda y triste en extremo. Su taciturna tristeza, dado su caracter regocijado, parecia superior a la pena que pudiera sentir por el mal de Dona Blanca, y aun al mismo disgusto que los devaneos mentales y los dolores fantasticos de su amiga debieran causarle. Don Valentin, combatido por los opuestos sentimientos de la compasion y del terror que su mujer le inspiraba, seguia viniendo con frecuencia a informarse del estado de la paciente; pero, en vez de entrar en el cuarto y asomar la nariz a la alcoba, se quedaba fuera y asomaba solo al cuarto la nariz, preguntando a su hija: --?Como esta tu mama? Clara respondia: --Lo mismo;-- y D. Valentin se iba. Fuera de la criada de mas confianza, que ya venia a traer un recado, ya a dar algun auxilio indispensable, nadie mas que el P. Jacinto entraba en la habitacion donde se hallaban Clara y Lucia. Al anochecer subio de punto, llego a su colmo la agitacion febril de Dona Blanca. El P. Jacinto estaba acompanando a las dos amigas y asistiendo con ellas a la enferma. Esta, que habia estado por la tarde sonolienta y postrada, empezo a dar senales de vivisima exaltacion: se quejo de que le dolia la cabeza; mostro en el semblante cierta movilidad convulsa; pronuncio frases sin orden ni concierto. Lo que mas repetia era: --Vete, Valentin. Dejame, no me atormentes. --Sin duda la enferma tenia la alucinacion de ver a D. Valentin, que alli no estaba. Asi permanecio Dona Blanca hasta cerca de las diez. Entonces se agravo el mal: el delirio se declaro; estallo con impetu. El cerebro sintio por completo la reaccion del mal que la infeliz tenia en las entranas. Los pensamientos todos, que durante anos la atormentaban, y que hacia mas de treinta horas habian cobrado mayor brio, se barajaron en tumulto; se rebelaron contra la voluntad, se hi
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