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ue la naturaleza es el pecado.
--?Donde esta el pecado?
--En desobedecer a mi madre, en enganarla, en haber atraido a D. Carlos
con miradas amorosas y profanas, en complacerme en que guste de mi y en
que me persiga, en desear que siga queriendome hasta en este instante,
cuando ya estoy decidida a no ser suya. En suma, Lucia, mi alma es un
tejido de maranas y de enredos, que el mismo diablo trama y revuelve.
Ademas, yo he prometido a mi madre que sere monja, y para que lo sea, ha
despedido ella a D. Casimiro. ?Como faltar ahora a mi promesa, burlarme
de mi madre y hasta de Cristo, a quien he dado palabra de esposa? ?Que
infamia me propones?
--Es verdad, hija mia: el caso es apurado; pero ?quien te mando que
dijeses que querias ser monja y que lo prometieses? ?Por que no
declaraste con valor a tu madre que no querias a D. Casimiro y que no
querias ser monja tampoco?
--Bien sabe Dios --respondio Clara,-- que deseo desahogarme contigo,
depositar en tu amistoso corazon el secreto de mi infortunio,
confiartelo todo; pero yo misma no me comprendo sino de un modo
imperfecto, y lo que de mi misma comprendo esta tan enmaranado, que no
encuentro palabras para explicartelo. Siento la razon y causa de todas
mis acciones, y no las percibo bien para exponerlas. Quiero, no
obstante, sincerarme y tratar de probarte que no es absurda mi conducta.
Voy a ver si lo consigo. Yo he amado, yo amo aun a D. Carlos de Atienza.
Yo detesto a D. Casimiro. Esto es verdad; pero mi amor por D. Carlos y
mi odio a D. Casimiro no han tenido jamas la suficiente energia para
hacerme arrostrar la colera de mi madre, declarandole que amaba al uno y
odiaba al otro. Asi, pues, te aseguro que durante meses he estado
resignada a sofocar en mi alma el naciente amor a D. Carlos y a casarme
con D. Casimiro para ser una hija obediente. Hubiera yo preferido a todo
ser esposa de Cristo; pero me consideraba indigna. Para ser mujer de D.
Casimiro me sentia con fuerzas. Yo esperaba vencer mi fatal inclinacion
a D. Carlos, y, logrado esto, ser modelo de casadas: cuidar al achacoso
D. Casimiro, y hasta quererle, imponiendome como deber el carino.
Hallandome de esta suerte, nuevos y extranos sentimientos han combatido
mi alma y han hecho que mi espiritu dude mas de si. Me he llenado de
terror. En mi humildad, no me he creido digna ni de ser mujer de D.
Casimiro. Me he espantado de mi flaqueza, de la perversidad de mis
inclinaciones, y entonces he pensado en refugiarm
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