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o de la conciencia, que a despecho del sangriento azote con que el espiritu la castiga, rompe todo freno y sale vencedora. Cuando exclamaba ella, casi rendida ya a mi voluntad, cayendo entre mis brazos, doblandose quebrantada al toque de mis labios, recibiendo mis besos y mis caricias, cediendo a un impulso irresistible, y no obstante luchando: "iDios mio, matame antes que caiga de tu gracia! iPrefiero morir a pecar!;" cuando decia esto, que hoy ha repetido a proposito de su hija, no me inspiraba compasion, no me apartaba de mi mal proposito; antes bien era espuela con que aguijoneaba mi desbocado apetito. iCuan hermosa me parecia entonces, al pronunciar, con voz entrecortada por los sollozos, aquellas palabras, a las cuales yo no prestaba sino un vago sentido poetico, y en cuya verdad profunda yo no creia! Hasta la dulzura de su misma religion se maleaba y viciaba en mi mente, interpretada por mi concupiscencia, y quitaba a mis ojos todo valor a aquella desolacion suya, a aquella angustia con que miraba y repugnaba la caida, sin hallar fuerzas para evitarla. Yo me atrevia a decidir que no era tan gran mal el que tenia tan facil remedio. Yo me convertia en redentor del alma que cautivaba y en salvador del alma que perdia, parodiando la sentencia divina y diciendo en mi interior: "Levantate: estas perdonada, por lo mucho que has amado." iAh, cielos! ?Por que ocultarmelo? Procedi con villania. Era yo tan bajo y tan vil, que no comprendi nunca el vigor, la energia de la pasion que sin merecerlo habia excitado. Era yo como salvaje que, sin conocer un arma, la dispara y hiere de muerte. La grandeza y la omnipotencia del amor me eran tan desconocidas como la persistencia y el indomito poderio de una conciencia recta, que acepta el deber y le cumple, o jamas se perdona si no le cumple. ?Sera que soy un miserable? ?Tendran razon los frailes y los clerigos al sostener que no hay verdadera virtud sin religion verdadera? De esta suerte se atormentaba D. Fadrique en afanoso soliloquio, en que volvia cien y cien veces a repetirse lo mismo. El que no viniese el P. Jacinto a hablar con el inspiraba al Comendador la mayor inquietud. Varias veces se asomo al balcon de su cuarto, que daba a la calle, a ver si le veia salir de casa de Dona Blanca. Varias veces salio a la calle y fue hasta el convento de Santo Domingo, aunque estaba lejos, a preguntar si el P. Jacinto habia vuelto. El P. Jacinto no parecia en parte alguna. A la caida
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