|
o y mas deliberado con perfecta claridad en la
conciencia.
Hasta este punto el dialogo habia sido de pie. Dona Blanca ni se sentaba
ni ofrecia asiento al Comendador. Este, despues de un momento de pausa,
porque Dona Blanca no respondio al punto a su ultimo razonamiento, dijo
con serenidad:
--Mire V., senora: yo no quiero que disertemos ni que divaguemos.
Tengo, no obstante, mucho que hablar; y para que la conferencia sea
breve, importa proceder sin desorden. El desorden no se evita sino con
la comodidad y el reposo. ?No le parece a V., pues, que seria bueno que
nos sentasemos?
Dona Blanca siguio silenciosa, lanzo una mirada al Comendador, entre
iracunda y despreciativa, y se dejo caer de nuevo en el sillon, como
aplanada. Entonces se sento el Comendador en una silla, y prosiguio
hablando.
--Mi resolucion --dijo,-- es irrevocable. Sea por lo que sea: por un
capricho, porque Clara es bonita, porque he tropezado con ella
casualmente en mi camino, por lo que a V. se le antoje, yo la he
rescatado. Todo lo que herede ella por muerte de su marido de V. lo
gozara ya, con anos de anticipacion, el que debiera heredarle, si Clara
no viviese. Viva, pues, Clara. Vengo a pedir a V. su vida.
--A lo que viene V. es a insultarme. ?Mato yo acaso a Clara?
--Lejos de mi el proposito de insultar a V. Sin querer, podria V. acaso
matar a Clara, y esto es lo que vengo a evitar. Para ello estoy resuelto
a apelar a todos los medios.
--?Me amenaza V.?
--No amenazo. Declaro mi pensamiento sin rebozo.
--?Y que me toca hacer, segun V., para evitar que Clara muera?
--Disuadirla de que sea monja.
--Eso es imposible. Yo no creo que entrar monja sea morir, sino seguir
la mejor vida.
--Ya he dicho que no discuto, ni trato de teologias con V. Concedo,
pues, que la vida del claustro es la mejor vida; pero es cuando hay
vocacion para seguirla; cuando no se va al claustro desesperada, casi
loca, llena de desatinados terrores.
--Vuelvo a repetir a V. que me deje, Sr. D. Fadrique. ?Para que hablar?
Nos atormentaremos y no nos entenderemos. Usted llama terrores
desatinados al santo temor de Dios, desesperacion al menosprecio del
mundo, y locura a la humildad cristiana y al recelo de caer en tentacion
y de faltar a los deberes. Usted considera muerte la vida que en este
mundo se asemeja mas al vivir de los angeles. ?Como, pues, hemos de
entendernos? Usted me honra mas de lo que merezco, pensando que me
acusa, al suponer que yo he i
|