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brir. No habia estrella que no quisiese conocer.
La discipula ponia en grandes apuros al maestro, porque si se trataba
del movimiento de los astros, de su magnitud, de la distancia a que se
hallaban de la tierra y de otras afirmaciones por el estilo, ella queria
saber la razon y el fundamento de las afirmaciones, y D. Fadrique
hallaba disparatado y hasta absurdo ensenar las matematicas a una
sobrina tan guapa, tan alegre y graciosa; y, por el contrario, si se
trataba de flores, Lucia queria que le explicase su tio lo que era la
vida y lo que era el organismo, y aqui el Comendador hallaba que no
habia ciencia que respondiese a las matematicas y que explicase algo.
Sin querer se encumbraba entonces a una filosofia primera y fundamental,
y Lucia le escuchaba embebecida, y, como vulgarmente se dice, metia
tambien su cucharada, porque de filosofia habla, en queriendo, y no
habla mal, toda persona de imaginacion y viveza.
En suma, Lucia se iba haciendo una sabia. Mientras mas aprendia, mas iba
creciendo su aficion y su empeno de saber. Las lecciones y conferencias
duraban horas y horas.
El Comendador se acostumbro de tal suerte a aquel dulce magisterio, que
el dia en que no daba leccion le parecia que no habia vivido.
Sus dias de Villabermeja fueron disminuyendo, y alargandose cada vez mas
los que pasaba con la discipula.
Siempre que volvia de Villabermeja, el Comendador traia a su discipula
libros de su biblioteca, flores y plantas de su huerto, y pajaros que
cazaba vivos. Lucia gustaba mucho de los pajaros, y, merced al
Comendador, no habia ya casta de aves en toda la provincia, ora de paso,
ora permanentes, de que Lucia no tuviese un par de muestra en su
pajarera.
Notado todo esto por Clara y D. Carlos, daba ocasion a bromas inocentes,
pero que turbaban algo al Comendador y que ponian a Lucia colorada como
la grana.
Los novios hablaban a Lucia con cierto retintin de su excesivo amor a la
ciencia.
En fin, aunque el Comendador y Lucia no se hubieran dado, ni hubieran
querido darse cuenta de lo que les pasaba, Clara y D. Carlos les
hubieran hecho reflexionar, pensar en ellos mismos y despejar la
incognita.
El Comendador y Lucia, a pesar de la diferencia de edad, estaban
perdidamente enamorados el uno del otro.
Lucia admiraba en su tio la discrecion, la nobleza de caracter, el saber
y la elegancia natural del porte y de los modales. Le encontraba
hermoso, de varonil hermosura, y no le parecia posible que
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