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idido ejecutor en D. Fadrique, daban asi sus resultados naturales, proporcionando pinguee herencia a aquellos mitologicos angelitos, vastagos lozanos de la familia de Solis. Como quiera que fuese, toda persona delicada y noblemente orgullosa no repara en las bajezas y bellaquerias del vulgo de los mortales y en la utilidad que proporcionan: no acepta jamas, sino en sentido ironico y de burla, la picaresca sentencia de la fabula: "Tomelo por su vida: considere Que otro lo comera, si no lo quiere." Asi es que D. Fadrique se reia de las consecuencias de su desprendimiento, y no por eso dejaba de aplaudirse de haberle tenido. Lo que a el le importaba era que su pura y hermosa hija no disfrutase de nada que no fuese suyo o por lo que en compensacion no hubiera el dado lo equivalente con usura. La boda de Clara y D. Carlos de Atienza se celebro al cabo en un bello dia del mes de Octubre de 1795, ano y medio despues de morir Dona Blanca. Los padres de D. Carlos vinieron de Sevilla para asistir a la boda. Los desposados se quedaron a vivir en la ciudad donde ha sido la escena de nuestra historia. Durante el ano y medio, que tan rapidamente hemos recorrido, el Comendador habia vivido, ya en Villabermeja, ya en la ciudad en casa de su hermano; pero mas en la ciudad que en Villabermeja. El afecto hacia Clara le atraia a la ciudad; pero, como Clara andaba muy distraida en sus amores y era muy dichosa, no consolaba tanto las melancolias del Comendador como su rubia sobrina. Esta era la que llamaba al Comendador cuando se tardaba en volver de Villabermeja; la que mas le escribia diciendole que viniese, y la que le enviaba recados con el mulero y con el aperador para que dejase la soledad bermejina. Como Lucia estaba ya enterada de todos los secretos de su amiga Clara, y como tampoco ocurrian cosas importantes, no habia motivo ni pretexto para acudir a cada momento al tio, preguntandole, como en otro tiempo, que habia de nuevo. En cambio Lucia, libre ya de los cuidados en que la suerte de su amiga la habia tenido, sintio despertarse en su alma la mas viva curiosidad cientifica. La astronomia y la botanica, que antes la enojaban cuando habia secretos de Clara que ansiaba penetrar, la entusiasmaban ahora extraordinariamente, y nunca se cansaba de oir las lecciones que su tio le daba, excitado por ella. No habia leccion que no le pareciese corta. No habia misterio de las flores que no quisiese descu
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