|
io
infernal, y entonces se culpaba a si mismo de no haberle robado a la
hija; de haberla dejado en su poder para que la enloqueciera y la
hiciera desgraciada. Ya imaginaba, por el contrario, que, desde su punto
de vista, Dona Blanca tenia razon en todo.
El Comendador entonces calificaba su persecucion en pos de Dona Blanca y
su victoria ulterior (que en otro tiempo habia mirado como una ligereza
perdonable, como una bizarria de la mocedad) de conducta inicua y
malvada a todas luces, aun juzgada por su criterio moral, lleno de
laxitud en ciertas materias.
--Por cierto que no merezco perdon --se decia D. Fadrique.-- La maldita
vanidad me hizo ser un infame. iHabia tantas mujeres guapas cuando yo
era mozo, a quienes cuesta tan poco otro tropiezo, una caida mas o
menos! ?Por que, pues, no siendo arrastrado por una pasion vehemente,
que ni siquiera tengo esta excusa, ir a turbar la paz del alma de
aquella austera senora? Tiene razon sobrada. Soy digno de que me
aborrezca o me desprecie. Lo unico que mitiga un tanto la enormidad de
mi delito es la mala opinion que tenia yo entonces de casi todas las
mujeres. No me cabia en la cabeza que ninguna pudiera (despues sobre
todo) tomar tan por lo serio los remordimientos, la culpa... En fin, yo
no previ lo que paso despues. Si lo hubiera previsto... me hubiera
guardado bien de pretender a Dona Blanca. Aunque no hubiera habido otra
mujer en la tierra... su corazon hubiera quedado entero para D.
Valentin, sin que yo se le robara. Pero nada... iesta picara costumbre
de reir de todo... de no ver sino el lado malo! Me gusto... me
enamoro... eso si... yo estaba enamorado... y como crei que la
gazmoneria era sal y pimienta que haria mas picante y sabroso el logro
de mi deseo, y que luego se disiparia, insisti, porfie, hice
diabluras... si... hice diabluras: cree dentro de su conciencia un
infierno espantoso; por un liviano y fugitivo deleite deje en su
espiritu un torcedor, una horrible maquina de tormento, que sin cesar le
destroza el pecho, diez y siete anos hace. iComo tengo este caracter tan
jocoso!... Las canas se volvieron lanzas. La burla fue pesada. Pero
iDios mio... si yo no podia sospecharlo! Aunque me lo hubieran asegurado
mil y mil personas, no lo hubiera creido. Lo repito, no cabia en mi
cabeza. Yo no comprendia arrepentimiento tan feroz y tan persistente,
simultaneo casi con el pecado. Yo no habia medido toda la violencia de
una pasion que, a pesar del grito airado y fier
|