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ahogaba: un
obstaculo se le atravesaba en la garganta y le quitaba la respiracion.
Entonces le daban convulsiones que terminaban en sollozos y lagrimas.
Despues solia calmarse y quedar por algunos dias tranquila, aunque
palida y debil.
El caracter violentisimo de aquella mujer, exacerbado por la continua
contemplacion de una desgracia, que hacia mayor su melancolica fantasia,
la impulsaba a tratar a su marido, a su hija y a muchos de los que la
rodeaban, con un despego, con una dureza cruel, de la que en el fondo
del corazon, que era bueno, se arrepentia ella al cabo, no siendo
fecundo este arrepentimiento sino en nuevos motivos de disgustos y de
amarguras.
La energia de las pasiones habia asi, poco a poco, fatigado
materialmente el corazon de Dona Blanca, excitandole a moverse con
impulso superior a sus fuerzas. No padecia solo de las palpitaciones
nerviosas de que daba muestras en aquel instante. Tal vez (los medicos
al menos lo habian afirmado) Dona Blanca tenia una enfermedad cronica en
aquel organo tan importante.
A pesar de su cansancio, tal vez el excesivo ejercicio habia agrandado y
robustecido de una manera peligrosa aquel activo corazon.
Como quiera que fuese, Dona Blanca hacia tiempo que estaba harta de
vivir.
La unica idea, el unico proposito, el solo fin que en su vivir estimaba
era el de cumplir un deber terrible: el evitar que su hija heredase a
D. Valentin.
Cuando su hija le prometio con solemne promesa entrar en el claustro, y
cuando despues supo, de boca del P. Jacinto, y mas tarde de los labios
del mismo D. Fadrique, el rescate de Clara, si bien le rechazo y le
juzgo inutil ya, se tranquilizo, creyendo su proposito cumplido en
cualquier evento, y considerandose desligada del mundo; sin nada que
hacer en el sino atormentarse, y sin razon alguna para desear, estimar y
conservar la vida.
El reposo relativo del espiritu de Dona Blanca cuando penso haber
hallado la solucion de su dificil problema, la hizo caer en una
postracion, en una atonia peligrosa. Por otro lado, no obstante, su
imaginacion, fecunda en atormentarla, le ofrecia mil motivos de
afliccion y de ira. La generosidad del Comendador humillaba su orgullo,
y por mas que trataba de empequenecerla o de afear y envilecer sus
causas fingiendoselas vulgares, absurdas o caprichosas, dicha
generosidad resplandecia siempre y la ofendia.
La voluntad de Dona Blanca era de hierro: pocas personas mas pertinaces
y firmes que ella; pero s
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