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ra de la boda con
Don Casimiro.
Solo una noticia se atrevio a dar a Clarita por instigacion de D.
Fadrique: que D. Carlos, amonestado por el Comendador, se habia vuelto a
Sevilla con sus padres.
De esta suerte, Clarita hubo de tranquilizarse y no sobresaltarse de no
ver a D. Carlos por la manana en la iglesia. A quien vio varias veces
casi en el mismo lugar en que D. Carlos se colocaba fue al Comendador,
cuya maldad su madre le habia ponderado, y que ella se inclinaba
irresistiblemente a creer bueno.
El Comendador, como en desagravio de haber tenido olvidada tantos anos
aquella prenda de su amor, no se contentaba con disponerse a hacer por
ella un gran sacrificio, sino que ansiaba verla y admirarla, aunque
fuese a distancia.
Asi iban lentamente los sucesos, cuando una manana, en que Dona Antonia
habia tenido una de sus jaquecas y no se hallaba con gana de salir,
Lucia fue a paseo sola con el Comendador. Ambos llegaron a la fuente o
nacimiento del rio que ya conocemos. Sentados a la sombra del sauce,
oyendo el murmullo del agua, hablaron de las estrellas, de las flores,
de mil diversas materias, hacia donde el tio procuraba llevar la
atencion de su sobrina, para distraerla de su curiosidad sobre los
asuntos de Clara.
Lucia, no llegando a distraerse lo bastante, dijo por ultimo:
--Tio, V. va a hacer de mi una sabia. A veces me habla V. del sol y de
lo grande que es y de como atrae a los planetas y cometas; y a veces me
describe los abismos del cielo, y me senala las mas hermosas estrellas,
y me declara sus nombres y la inmensa distancia a que estan de nosotros,
y el tiempo que tardan los rayos alados de su luz en herir nuestras
pupilas. Todo esto me deleita y pasma, haciendome concebir mas adecuado
concepto del infinito poder de Dios. Tambien me ha explicado V.
misterios extranos de las flores, y esto me ha interesado mas,
infundiendome en el alma superior idea de la bondad y sabiduria del
Altisimo. Pero desechando el disimulo, recelo que V. no me instruye
tanto sino para no responder a mis preguntas sobre sus proyectos de V.
acerca de Clarita. Tal sospecha, lo confieso, me quita las ganas de oir
las lecciones de V., que de otro modo me entusiasmarian; tal sospecha
disminuye el valor de dichas lecciones, que se me figuran interesadas y
maliciosas: mas que medio de ensenarme, me parecen medio de embaucarme.
--La malicia la pones tu, sobrina--respondio el Comendador.--Yo procedo
con la mayor sencillez. Cuant
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