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la naturaleza, no hay que exponer aqui cuan horrible aparecia el
sacrificio de la hermosura, de la vida, del brio juvenil, sintiendo ya
sin duda fervorosamente el amor y reclamandole, en aras de un
sentimiento misterioso, de un objeto, a su ver, impalpable y hasta
incomprensible. Al Comendador se le antojaba esto una nefanda
monstruosidad; pero la preferia a ver, a imaginar a Clara entre los
secos brazos de D. Casimiro; y en su orgullo de hidalgo, y en su afan de
no verse el mismo mentiroso y fullero, y de no pensar menos noblemente
que una mujer fanatica y desatinada, lo preferia todo a que Clarita se
alzase en su dia con los bienes de D. Valentin.
El punto final de las meditaciones de D. Fadrique era siempre el mismo,
por cuantas sendas y rodeos tratase de llegar a el. No queria a Clara
poseedora de lo que le constaba que no era suyo; no la queria mujer de
D. Casimiro; no la queria monja tampoco, y no queria dar escandalo ni
amargar la vida de D. Valentin con afrentoso desengano. Era, pues,
indispensable que el fuese el libertador, el rescatador de Clarita.
A pesar de tener preocupado el animo con estas cosas, el Comendador
ejercia tanto dominio sobre si, que nada dejaba notar.
Paseaba con Lucia por las huertas o charlaba con ella y procuraba
esquivar sus preguntas inquisitoriales.
Asi transcurrieron ocho dias. Durante ellos se informo el Comendador,
con el mayor secreto y diligencia, del valor exacto de todos los bienes
de D. Valentin. Pasaban de cuatro millones de reales.
Bastante se apesadumbro, no debemos ocultarlo, de que D. Valentin
hubiese llegado a ser tan rico. El Comendador tenia poquisimo mas
capital, sumando el valor de algunas finquillas que habia comprado cerca
de Villabermeja, y lo que tenia en varias casas de banca en la Gran
Bretana y en Madrid. Su decision, a pesar de la pesadumbre, fue firme,
con todo.
El Comendador sabia y estimaba cuanto vale el dinero. La vanidad de
haberle adquirido diestra y honradamente le daba para el mayor hechizo.
Pero ?en que mejor podia emplearse el caudal, la ganancia y el ahorro de
toda una vida activa, el fruto del brio, del trabajo y del ingenio, que
en salvar a un ser tan querido y que tan digno era de serlo?
Suponiendose ya el Comendador despojado de cuatro millones, se miraba
reducido a la triste condicion de un hidalgo labriego, que o tendria que
salir otra vez a buscar fortuna, o tendria que acomodarse a vivir mal y
humildemente en Villabermeja. Es
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