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sabe, aunque tal vez el diablo no lo ignore, por que arcaduces
subterraneos y por que intrincados caminos ha venido a cada cual lo que
por herencia disfruta. En estos casos la fe debe salvar; pero en el caso
de Dona Blanca no habia fe que valiese contra la evidencia que ella
tenia. Cerrar los ojos, vendarselos y remedar fe era una infamia. D.
Fadrique, condenando en su corazon y en su inteligencia serena los
furores de Dona Blanca, la aplaudia y ensalzaba de que pensase con
rectitud y con nobleza. Vaya a quien vaya, merezcale o no, tenga derecho
o no le tenga aquel a quien un bien se destina, son cosas que importan
poco ante la superior consideracion de que ese bien me consta que no es
mio y de que solo le gozo por engano, por delito y por mentir.
Como D. Fadrique era persona de mucho seso y sentido comun, aunque se
hallaba en epoca de reformas, sistemas y ensuenos de toda clase, no
penso en condenar la herencia. Sin el grandisimo deleite de dejar ricos
a nuestros hijos, se perderia el mayor estimulo para el trabajo, para el
buen orden, para la aplicacion y para aguzar y ejercitar el ingenio. D.
Fadrique reconocia no obstante, que si estaba lejos aun el dia en que
sea casi imposible adquirir mal lo que uno mismo adquiere, estaba aun
mucho mas lejos el dia en que sea casi imposible heredar mal lo que se
hereda. El modo de no empujar hacia mas hondo porvenir la aurora de ese
dia, era dar buen ejemplo en contra. La razon de Dona Blanca salia
siempre triunfante de cada laberinto de reflexiones en que D. Fadrique
se abismaba.
Habia un mal moral que pedia remedio. Hasta aqui iba D. Fadrique de
acuerdo con la idea de Dona Blanca. ?Era el remedio peor que el mal? El
remedio era duro; pero D. Fadrique comprendia que no era peor que la
enfermedad, y que era menester aplicarle no habiendo otro.
El remedio podia aplicarse de dos maneras. O casando a Clarita con D.
Casimiro, y esto era facil, o haciendola tomar el velo. Esto segundo, a
pesar de lo mundano, impio y anti-religioso que era D. Fadrique, le
parecia mil veces mejor. Comprendia, no obstante, que para que Clarita
entrase en un convento sin saber ella por que, era necesario que alguien
le infundiese la vocacion. Tal trabajo no podia tomarle su madre. Solo
el P. Jacinto podria persuadir a Clarita a que se retirase al claustro.
Para un hombre lleno del espiritu del siglo XVIII, alimentado con la
lectura de los enciclopedistas, creyente en Dios, pero hablando siempre
de
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