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curso Dona Blanca estuvo hermosa, sublime
como una pantera irritada y mortalmente herida. Se habia puesto de pie.
Al fraile se le figuraba que habia crecido y que tocaba con la cabeza en
el techo. Hablaba bajo, pero cada una de sus palabras tenia punta
acerada como una saeta.
El P. Jacinto conocio que habia confiado por demas en su serenidad y en
su elocuencia. Se hizo un lio y no supo decir nada. Se encontro tan
apurado, que la vuelta de Clarita al salon le quito un peso de encima y
le dio tregua para poder replicar en momentos mas propicios y despues de
meditarlo.
Dona Blanca, no bien entro su hija, supo dominarse y recobrar su calma
habitual.
Un poco mas tarde vino el benigno D. Valentin, y todos fueron a comer
como si tal cosa.
El P. Jacinto echo la bendicion al empezar la comida, y rezo al
sentarse y al levantarse.
Ya de sobremesa, tuvo efecto la grata sorpresa de la corza. Clarita la
hallo encantadora. La corza se dejo besar por Clarita en un lucero
blanco que tenia en la frente, y se comio cuatro bizcochos que ella
misma le dio con su mano.
Don Valentin se maravillo, simpatizo y hasta se enternecio con la
mansedumbre de aquel lindo animalejo.
Cuando, terminado todo, salio el P. Jacinto de casa de Dona Blanca, se
apresuro a ir a ver al Comendador, quien le aguardaba impaciente, no
habiendole visto al llegar de Villabermeja, porque el fraile habia
adelantado mas de una hora su venida a la ciudad. Excusandose de esto y
de su precipitacion en dar pasos sin consultar al Comendador, el P.
Jacinto le relato cuanto habia pasado.
Don Fadrique Lopez de Mendoza no era de los que condenan todo lo que se
hace cuando no se les consulta. Hallo bien lo hecho por su maestro, y lo
aplaudio. Hasta la turbacion y mutismo final del fraile le parecieron
convenientes, porque no habian traido compromiso, porque no se habia
soltado prenda. Ya hemos dicho que el Comendador era optimista por
filosofia y alegre por naturaleza.
XVIII
Despues de haberse enterado de la conversacion entre el fraile y Dona
Blanca, el Comendador se abstuvo de tomar una resolucion precipitada. Se
contento con rogar a su maestro que no se volviese a Villabermeja, que
siguiese frecuentando la casa de Dona Blanca y que tratase de desvanecer
todo recelo en dicha senora, prometiendole no hablar con Clarita de la
proyectada boda ni decirle nada en contra de los deseos de su madre.
El Comendador queria meditar, y medito largamente, sobre e
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