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transfigurada; reconocio en ella un
corazon de mujer que antes no habia sospechado siguiera bajo la aspereza
de su mal genio, y le tuvo lastima y la miro con ojos compasivos. Ella
prosiguio:
--He meditado en largas noches de insomnio sobre la resolucion de este
problema, y no veo nada mejor que el casamiento de Clara con D.
Casimiro. No piense V. que me falte valor para otra cosa. No me falta
valor; me sobra piedad. Mil veces, ansiosa de que me matase, he estado a
punto de revelar mi pecado al hombre a quien ofendi cometiendole. Yo
misma hubiera puesto gustosa el punal en su mano; pero, le conozco,
iinfeliz! hubiera llorado como un nino; yo le hubiera muerto de pena, en
vez de recibir el merecido castigo; el, con mansedumbre evangelica, me
hubiera perdonado, y mi duro pecho y mi diabolico orgullo, lejos de
agradecer el perdon, hubieran despreciado mas aun al hombre que me le
otorgaba. Manso, pacifico, benigno, Valentin hubiera apurado un caliz de
hiel y veneno al oir mi revelacion; no hubiera sido mi juez inexorable,
sino hubiera acabado de ser mi victima, y yo, reproba, llena de satanica
soberbia, hubiera ahogado el manantial de la compasion y de la ternura
con desden, hasta con asco, de una resignacion santa, que el demonio
mismo me hubiera pintado como enervada flaqueza. Mi deber era, pues,
callar; hacer lo menos amarga posible la vida de este debil y dulce
companero que el cielo me ha dado, disimular, ocultar, hasta donde
cabe... mi falta de amor... mi injusta, impia, irracional, involuntaria
falta de estimacion. Asi se explican el engano y la persistencia en el
engano; pero la vileza del hurto no cabe en mi. Mi alma no la sufre.
?Pretende quizas ese ateo malvado que me envilezca yo con el hurto? ?Que
razon, que derecho, que sentimiento paternal invoca quien tan olvidado
tuvo durante anos el fruto de su amor... y de la colera divina? V. dice
bien: lo mejor seria que Clara se sepultase en un claustro, se
consagrase a Dios. Yo he hecho lo posible por disgustarla del mundo
pintandosele horroroso; pero en ella han podido, mas que mis palabras,
la confianza juvenil, el brio maldito de la sangre, el deleite y la
exuberancia de la vida. ?Que arbitrio me queda sino casarla con D.
Casimiro? ?Por que la compadece V.? Pues que, ?no sale ganando? La hija
del pecado no debiera tener bienes, ni honra, ni nombre siquiera, y todo
esto conservara y de todo podra gozar sin remordimientos, sin sonrojo.
En la ultima parte de su dis
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