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una persona mas del deshonor de quien me ha dado su
nombre. Todo lo sabe V. sin que yo se lo haya dicho. Bendito sea Dios,
que me humilla como merezco, sin que yo, tan culpada, cometa la nueva
culpa de infamar a mi pobre marido. Pues bien: sabiendolo V. todo, ?como
se atreve a aconsejarme lo que me aconseja? ?Como quiere apartarme del
camino que llevo, unico posible para una reparacion, aunque incompleta?
Si contra su parecer de V., si contra la ley del decoro, manchasemos la
conciencia de Clara, descubriendole su origen, ?que piensa V. que haria
ella? ?No la despreciaria V. si no buscase la reparacion? Y para ello,
sin hacer publica la infamia de su madre y de aquel a quien debe venerar
como a padre, ?que otro recurso tiene Clara sino entrar en un convento o
dar la mano a D. Casimiro? ?Por que, dira V., ha de pagar Clara la falta
que no cometio? Harto la pago yo, padre. Los remordimientos, la
vergueenza, me asesinan. Pero Clara tambien debe pagarla. Si esto parece
a V. inicuo, vuelvase usted impio y blasfemo contra la Providencia, y no
contra mi. La Providencia, en sus designios inescrutables, con ocasion
de mi culpa, ha puesto a mi hija en la alternativa o de sacrificarse o
de ser falsaria y poseedora indigna de riquezas que no le pertenecen.
--No he de ser yo, por cierto --interrumpio el fraile--, quien disimule
o atenue lo dificil de la situacion y la verdad que hay en lo que dices.
Convengo contigo. Se la nobleza de alma de Clara. Si ella supiera quien
es... pero no, mejor es que no lo sepa.
--?Que piensa V. que haria si lo supiese?
--Sin vacilar... Clara se retiraria a un convento. Tu plan de casarla
con D. Casimiro le pareceria absurdo, malo, no ya siendo feo y viejo D.
Casimiro, sino aunque fuese precioso y estuviese ella prendada de el.
Con ese casamiento ni se remedia el mal nacido del embuste o la falsia,
ni se despoja tu hija de bienes que no son suyos.
--Es, sin embargo, la unica reparacion posible, aunque incompleta,
ignorando Clara el motivo que hay para la reparacion. Convengo en que
entrando Clara en un claustro el mal se remediaria mejor, menos
incompletamente. Pero ?como la hija de un ateo ha de tener vocacion para
esposa de Jesucristo?
Al pronunciar estas ultimas palabras, el rostro de Dona Blanca tomo una
expresion sublime de dolor; sus mejillas se tineron de carmin ominoso
como el de una fiebre aguda; dos gruesas lagrimas brotaron de repente de
sus ojos.
El P. Jacinto vio a Dona Blanca
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