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osotros, que la queremos tanto. Vi que con su mucha hacienda
y la de su marido haria un bien inmenso en estos lugares, empleandose
en obras de caridad. Y vi en la misma austeridad con que esta educada la
garantia de que para Clarita no podia ser el matrimonio el medio de
satisfacer y aun de santificar, merced a un lazo sagrado e indisoluble,
una pasion violenta, profana y algo impia, ya que consagra al hombre
cierta adoracion y culto que a solo Dios se debe, y una ilusion caduca,
efimera, que se disipa tanto mas pronto cuanto mas vivo y ardiente es el
resplandor con que la fantasia la finge y colora. Todo esto vi, y por
haberlo visto trato de cohonestar, ya que no disculpe, el no haberme
opuesto antes a la boda. Imaginaba yo, ademas, que Clarita no la
repugnaba. Clarita nada me ha dicho despues; pero mis ojos se han
abierto, y ahora comprendo que la repugna con repugnancia invencible,
alla en el fondo de su alma. Ahora comprendo que Clarita no ve solo en
el matrimonio un voto de devocion y sacrificio. Clarita quiere amar y
que el matrimonio sancione y purifique su amor. El matrimonio, por lo
tanto, no puede ser para ella el mero cumplimiento de un deber social,
un acto de abnegacion, un padecimiento a que hay que resignarse, una
penitencia, una prueba, un castigo. El profundo respeto que te tiene, la
ciega obediencia con que se somete a tu voluntad, la creencia de que
casi todo es pecado, no consentiran que ella confiese nunca ni a si
misma lo que te digo; pero yo no dudo ya que lo siente. Ahora bien; ?es
merecedora Clarita de esa penitencia? ?Es digna de ese castigo? ?Que
derecho tienes para imponersele? Y si es prueba, ?quien te da permiso
para poner a prueba su bondad? ?Por que, si lo grave y aspero de un
deber, como es el del matrimonio, puede mezclarse y combinarse con
licitos contentos que aligeren la cruz y con satisfacciones y gustos que
suavicen la aspereza del camino, quieres tu solo para tu hija la
aspereza del camino y la pesadumbre de la cruz, y no tambien la
permitida dulzura?
Dona Blanca escucho impasible, y al parecer muy sosegada, todo el sermon
del buen fraile. Al ver que no seguia, dijo, despues de un instante de
silencio:
--Aun conviniendo en que casarse con un hombre de bien, lleno de afecto
y de juicio, fuese una penitencia, fuese una cruz, Clarita la debiera
llevar y resignarse. La mujer no ha venido al mundo para su deleite y
para satisfaccion de su voluntad y de su apetito, sino para servir a
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