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onero en el balcon de las Casas Consistoriales y leia la
sentencia de muerte contra Jesucristo, ha quedado en la memoria de los
bermejinos el furor con que el padre se volvia contra el, gritando:
"Calla, falso, ruin, necio y miserable pregonero, y oiras la voz del
Angel que dice:"
Y entonces salia un angel muy vistoso por otro balcon de la plaza, y
cantaba el inefable misterio de la Redencion, empezando:
"Esta es la sentencia que manda cumplir el Eterno Padre..." y lo demas
que tantas veces hemos oido los que somos de por alli.
Pero, volviendo al P. Jacinto, dire que su merito como predicador era
quizas lo de menos. Su gran valer fue como director espiritual. Se
pasaba horas y horas en el confesionario. Desde el convento bermejino
tenia con frecuencia que ir al convento de la ciudad cercana, donde
tenia no pocas hijas de confesion entre el senorio. Era ademas hombre
de consejo y tino en los negocios mundanos, y acudian todos a
consultarle cuando se hallaban en tribulacion, apuro o dificultad. En
suma, el P. Jacinto era un gran medico de almas, aunque duro y feroz a
veces en los remedios. Gustaba de aplicarlos heroicos, como suelen hacer
los demas medicos de los lugares, que tal vez recetan a un hombre el
medicamento que convendria recetar a un caballo. A pesar de esto, tenia
el padre tal autoridad y discrecion; era tan ameno en su trato y tan
resuelto valedor y defensor de las mujeres, que gozaba de inmensa
popularidad entre ellas, y era fervorosamente reverenciado, asi de las
jornaleras humildes como de las encopetadas hidalgas.
Aunque tocaba en los setenta anos, estaba firme y robusto aun, si bien
habia perdido ciertos impetus juveniles, que le habian hecho famoso,
llevandole en ocasiones a imitar al Divino Redentor, mas que en la
mansedumbre, en aquel arranque que tuvo cuando hizo azote de unos
cordeles y echo a latigazos a los mercaderes del templo. El P. Jacinto
habia sido un jayan y habia sacudido el polvo a algunos desalmados y
pecadores contumaces, sobre todo cuando eran maridos, que se
emborrachaban, gastaban el dinero en vino y juego y daban palizas a sus
mujeres.
Contra esta clase de hombres habia sido duro de veras el P. Jacinto. Ya
no tenia aquellos arrestos de la mocedad; pero su virtud y su fuerza
moral, unida al recuerdo de la fisica, infundian gran respeto entre los
rusticos.
Tales eran las cualidades principales y la brillante posicion del
antiguo maestro del Comendador, con quien este i
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