|
e y a que D. Valentin y Dona Clara despejasen, para
hablar a solas con Dona Blanca.
Dona Blanca adivino la intencion del fraile, entro en curiosidad, y
pronto hallo modo de despedir a D. Casimiro y de echar de la sala a D.
Valentin y a Clarita.
Verificado ya el despejo, dijo Dona Blanca:
--Supongo y espero que, despues de tan larga ausencia, honrara V.
nuestra mesa comiendo hoy con nosotros.
El P. Jacinto acepto el convite, y Dona Blanca prosiguio:
--He creido advertir que estaba V. impaciente por hablarme a solas. Esto
ha picado mi curiosidad. Todo lo que V. me dice o puede decirme me
inspira el mayor interes. Hable V., padre.
--No eres lerda, hija mia --contesto este.-- Nada se te escapa. En
efecto, deseaba hablarte a solas. Y lo deseaba tanto, que dejo para
despues de tu comida, que acepto gustoso, dejo para sobremesa la
aparicion de un objeto que traigo de presente a nuestra Clarita, y que
le va a encantar. Figurate que es una lindisima corza, tan mansa y
domestica, que come en la mano y sigue como un perro. Pero vamos al
caso: vamos a lo que tengo que decirte. Por Dios, que no te incomodes.
Tu tienes el genio muy vivo: eres una polvora.
--Es verdad; yo soy muy desgraciada, y los desgraciados no es facil que
esten de buen humor. V., sin embargo, no tiene derecho a quejarse del
mio. ?Cuando estuve yo, desde que nos tratamos, desabrida y aspera con
V.?
--Eso es muy verdad. Convendras, con todo, en que yo no he dado motivo.
Yo no soy como otros frailes, que se meten a dar consejos que no les
piden, y quieren gobernar lo temporal y lo eterno, y dirigirlo todo en
cada casa donde entran. ?No es asi?
--Asi es. Mas bien tengo yo que lamentarme de que V. me aconseja poco.
--Pues hoy no te quejaras por ese lado. Tal vez te quejes de que te
aconsejo mucho y de que me meto en camison de once varas.
--Eso nunca.
--Alla veremos. De todos modos, tengo disculpa. Tu sabes que Clarita es
mi encanto. Me tiene hecho un bobo. ?Quien ignora mi predileccion hacia
las mujeres? Menester ha sido de toda mi severidad para que alla cuando
mozo no me quitaran el pellejo los maldicientes. Hoy, hija mia (alguna
ventaja ha de traer el ser viejo), con treinta y cinco anos en cada
pata, puedo, sin temor de censura, quereros a mi modo y trataros con la
intima familiaridad que me deleita. Te confieso que para querer a los
hombres tengo que acordarme a menudo de que son projimos y quererlos por
amor de Dios. A las mujeres, po
|