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Poseia el padre Jacinto una borrica modelo por lo grande, mansa y
segura. En esta borrica iba y venia siempre, como un patriarca, desde
Villabermeja a la ciudad y desde la ciudad a Villabermeja. Un robusto
lego le acompanaba a pie. En el viaje que hizo a la ciudad, al dia
siguiente de su largo coloquio con el Comendador, le acompano, a mas del
lego, un rustico seglar o profano, para que cuidase la corza.
Seguido, pues, de su lego, de la corza y del rustico, y caballero en su
jigantesca borrica, el padre Jacinto entro sano y salvo en la ciudad a
las diez de la manana. Como el convento de Santo Domingo esta casi a la
entrada, no tuvo el padre que atravesar calles con aquel sequito. En el
convento se apeo, y apenas se reposo un poco, se dirigio a casa de D.
Valentin Solis, o mas bien a casa de Dona Blanca. El cuitado de D.
Valentin se habia anulado de tal suerte, que nadie en el lugar llamaba a
su casa la casa de D. Valentin. Sus vinas, sus olivares, sus huertas y
sus cortijos eran conocidos por de Dona Blanca, y no por suyos. Aquella
anulacion marital no habia llegado, con todo, hasta el extremo de la de
algunos maridos de Madrid, a quienes apenas los conoce nadie sino por
sus mujeres, cuya notoriedad y cuya gloria se reflejan en ellos y los
hacen conspicuos.
Pero dejemos a un lado ejemplos y comparaciones, que pueden tomar
ciertos visos y vislumbres de murmuracion, y sigamos al P. Jacinto, y
penetremos con el en casa de Dona Blanca, donde tan dificil era entrar
para el vulgo de los mortales.
Merced a la autoridad del reverendo, y siguiendole invisibles, todas las
puertas se nos franquean.
Ya estamos en el salon de Dona Blanca. Clara borda a su lado. D.
Valentin, a respetable distancia y sentado junto a una mesa, hace
paciencias con una baraja. D. Casimiro habla con la senora de la casa y
con su hija.
Los lectores conocen ya a D. Casimiro, como si dijeramos de fama, de
nombre y hasta de apodo, pues no ignoran que para D. Carlos, Lucia,
Clara y el Comendador, era _el viejo rabadan_. Veamos ahora si logramos
hacer su corporal retrato.
Era alto, flaco de brazos y piernas y muy desarrollado de abdomen; de
color trigueno, poca barba, que se afeitaba una vez a la semana, y los
ojos verde-claros y un poquito bizcos. Tenia ya bastantes arrugas en la
cara, y el vivo carmin de sus narices no armonizaba bien con la palidez
de los carrillos. En su propia persona se notaba poco esmero y aseo;
pero en el traje si se descub
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