|
r a Clara.
En efecto, D. Fadrique entro en la iglesia y se puso a buscar al poeta,
a la sombra de los pilares y en los sitios donde menos se nota la
presencia de alguien. Pronto le hallo, detras de un pilar y no lejos del
altar mayor. Parecia D. Carlos tan embebido en sus oraciones o en sus
pensamientos, que nada del mundo exterior, salvo Clara, podia distraerle
ni llamarle la atencion.
Llego, pues, D. Fadrique hasta ponerse a su lado. Entonces advirtio que
Clara estaba no muy lejos, de rodillas, al lado de su madre; que D.
Carlos la miraba, y que ella, si bien fijos casi siempre los ojos en su
libro de rezos, los alzaba de vez en cuando rapidamente, y miraba con
sobresalto y ternura hacia donde estaba el galan, declarando asi que le
veia, que se alegraba de verle, y que tenia miedo y cierto terror de
profanar el templo y de pecar gravemente enganando a su madre y
alentando a aquel hombre, de quien decia que no podia ser esposa.
No ha de extranarse que todo esto se viera en las miradas de Clarita.
Eran miradas transparentes, en cuyo fondo fulguraba el alma como
diamante purisimo que por maravilla ardiese con luz propia en el seno de
un mar tranquilo.
El Comendador estuvo un rato observando aquella escena muda, y se
convencio de que ni Dona Blanca ni D. Valentin recelaban nada de los
amores de la nina. Calculo, no obstante, que su presencia alli podria
atraer hacia el la mirada de Dona Blanca, excitar de nuevo su ira,
hacerle reparar en el gentil mancebo que estaba a su lado, y darle a
sospechar lo que no habia sospechado todavia.
Entonces, si bien con pena de interrumpir aquellos arrobos y extasis
contemplativos, toco en el hombro a D. Carlos y le dijo casi a la oreja:
--Perdoneme V. que le distraiga de sus devociones y que turbe la vision
beatifica de que sin duda goza; pero me urge hablar con V. Hagame el
favor de venir conmigo, que tengo que hablarle de cosas que le importan
muchisimo.
Sin aguardar respuesta echo a andar D. Fadrique, y D. Carlos, si bien
con disgusto, no pudo menos de seguir sus pasos.
Ya fuera de la iglesia, salio D. Fadrique al campo; D. Carlos fue en pos
de el; y cuando se hallaron en sitio solitario, donde nadie podia oirlos
ni interrumpir la conversacion, D. Fadrique se explico en estos
terminos:
--Vuelvo a pedir a V. perdon de mi atrevimiento en obligarle a abandonar
la iglesia, y mas aun en mezclarme en asuntos de V. sin titulo bastante
para ello. Apenas conozco a V. Esta e
|