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engo dicho a V., Sr. D. Valentin. Ese hombre, que V. se empeno en introducir en casa, alla en Lima, es un libertino, impio y grosero. Su trato, ya que no inficione, mancha o puede manchar la acrisolada reputacion de cualquiera senora. Yo tuve necesidad poco menos que de echarle de casa. Motivos hubo, en su falta de miramientos y hasta de respeto, para que en otras edades barbaras, olvidando la ley divina, alguien le hubiera dado una severa leccion, como solian darlas los caballeros. Esto no habia de ser: era imposible... Nada que mas repugne a mi conciencia; nada mas contrario a mis principios; pero hay un justo medio... Delito es matar a quien ha ofendido... pero es vileza abrazarle. Sr. D. Valentin, V. no tiene sangre en las venas. Todo esto lo fue soltando, despacio y bajo, casi en el oido de D. Valentin, su tremenda esposa Dona Blanca. Fueron tan duras y crueles las ultimas frases, que D. Valentin estuvo a punto de alzar bandera de rebelion, armar en la calle la de Dios es Cristo y contestar a su mujer lo que merecia; pero el olor de mil flores regalaba el olfato; la gente pasaba con alegre aspecto; el dia estaba hermosisimo; la paz reinaba en el cielo; un fresco vientecillo primaveral oreaba y calmaba las sienes mas ardorosas; la familia de Solis iba al incruento sacrificio de la misa; Clara marchaba delante tan linda y tan serena: ?como turbar todo aquello con una disputa horrible? D. Valentin apreto los punos y se limito a exclamar con acento un si es no es colerico: --iSenora!... Luego anadio para si, cuidando mucho de que no lo oyese Dona Blanca: --iMaldita sea mi suerte! Y no bien lanzada la exclamacion, se asusto don Valentin de la blasfema rebeldia contra la Providencia que su exclamacion implicaba, y se tuvo un instante por primo hermano del propio Luzbel. Como se ve, el exito del Comendador en este primer intento de reanudar relaciones amistosas con la familia de Solis no pudo ser mas desgraciado. XII No se arredro por eso nuestro heroe. Aguardo un rato en medio de la calle a fin de que no pudiese decir ni pensar Dona Blanca que el la seguia, y al cabo se fue a la iglesia Mayor, a donde sabia que la familia de Solis se habia encaminado. Don Fadrique no iba alli, sin embargo, con el intento de acercarse a Dona Blanca otra vez y de sufrir nueva repulsa, sino a fin de hallar a D. Carlos, quien, a su parecer, no podia menos de estar en la iglesia, ya que no habia otro medio de ve
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