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n este sentido; pero soy tan debil y tan tonta, que no hubiese atinado a decirselo, y tal vez le hubiera inducido estupidamente a que creyese todo lo contrario. Por amor de Dios, Lucia de mi alma, despide por mi a D. Carlos. Yo no puedo, no debo ser suya. Que se vaya; que no disguste por mi a sus padres; que no pierda sus estudios; que no motive un escandalo cuando se sepa que vino por mi y que yo soy una malvada, provocativa, seductora, quien sabe ... Adios. Estoy apuradisima. No tengo a nadie a quien confiar mis cosas, con quien desahogar mis penas, a quien pedir consejo y remedio. Espero con ansia la llegada del P. Jacinto, que es el oraculo de esta casa. Se que lo que yo le diga caera como en un pozo, y que sus consejos son sanos. Es el unico hombre que tiene algun imperio sobre mi madre. ?Cuando vendra de Villabermeja? Adios, repito, y ama y compadece a tu--CLARA." XI Esta carta inocente, tan propia de una nina de diez y seis anos, discreta y educada con devocion y recogimiento, gusto mucho al Comendador; pero tambien le dio no poco que pensar. No entraremos nosotros en el fondo de su alma a escudrinar sus pensamientos, y nos limitaremos a decir que tomo tres resoluciones, de resultas de aquella lectura. Fue la primera buscar modo de ver y de hablar a la severisima Dona Blanca; la segunda, sondear bien el animo de D. Carlos para conocer hasta que punto amaba de veras a la nina y merecia su amor, y la tercera, tratar con el P. Jacinto y proporcionarse en el un aliado para la guerra que tal vez tendria que declarar a la madre de Clarita. A fin de conseguir lo primero, en vez de escribir pidiendo una audiencia, que con cualquier pretexto y muy politicamente se le hubiera negado, discurrio D. Fadrique levantarse al dia siguiente de madrugada, aguardar en la calle a Dona Blanca cuando ella saliese para acudir a la iglesia, e ir derecho a hablarle, sin miedo alguno. Asi lo hizo el Comendador. Dona Blanca, antes de las seis, aparecio en la calle con Clarita y don Valentin. Iban a misa a la Iglesia Mayor. Apenas los vio salir D. Fadrique, se acerco muy determinado, y saludando cortesmente con sombrero en mano, dijo: --Beso a V. los pies, mi senora Dona Blanca. Dichosos los ojos que logran ver a V. y a su familia. Buenos dias, amigo D. Valentin. Clarita, buenos dias. Don Valentin, al oirse llamar amigo tan blandamente y por una voz conocida y simpatica, no se pudo contener; no reflexiono, se dejo llevar
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