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a.
Los versos le parecieron regulares, no inferiores a los de Melendez,
aunque, ni con mucho, tan buenos como los de Andres Chenier, que habia
oido en Paris. Lo que es el chico le parecio muy guapo.
Advirtio tambien, con cierto gusto mezclado de zozobra, que Lucia, su
sobrina, habia escuchado con ademan y gesto propios de quien entiende la
poesia, y con cierta aficion, que no atinaba el a deslindar si era
meramente literaria, o reconocia otra causa mas personal y mas honda.
Por lo pronto, en consecuencia de tales observaciones, califico a su
sobrina, de quien hasta entonces apenas habia hecho caso, de bonita y de
discreta. Se puede decir que la miro concienzudamente por primera vez, y
vio que era rubia, blanca, con ojos azules, airosa de cuerpo y muy
distinguida. De todos estos descubrimientos no pudo menos de alegrarse,
como buen tio que era; pero hizo, o creyo haber hecho, otros
descubrimientos, que le mortificaban algo. "Tal vez seran cavilaciones",
decia para si.
En punto de las diez se acabo la tertulia.
Sola ya la familia, Dona Antonia convoco a los criados, y en compania de
todos, y en alta voz, se rezo el rosario.
Por ultimo, no bastando el chocolate y el refresco, que pudiera pasar
por merienda, para gente que comia entonces poco despues de mediodia, se
sirvio la indispensable cena.
Durante este tiempo D. Fadrique busco y encontro ocasion de tener un
aparte con su sobrina, y le hablo de este modo:
--Nina, veo que te gustan los versos mas de lo que yo creia.
Ella, poniendose muy colorada y mas bonita desde la primera palabra que
el tio pronuncio, respondiole, algo cortada:
--?Y por que no han de gustarme? Aunque criada en un lugar, no soy tan
ruda.
--Basta con mirarte, hija mia, para conocer que no lo eres. Pero el que
te gusten los versos no se opone a que puedan gustarte los poetas.
--Ya lo creo que me gustan. Fr. Luis de Leon y Garcilaso son mis
predilectos entre los liricos espanoles, --dijo Lucia con suma
naturalidad.
Casi se disipo la sospecha de D. Fadrique. Parecia inverosimil tanto
disimulo en una muchacha de diez y ocho anos, que rezaba el rosario
todas las noches, iba a misa y se confesaba con frecuencia.
Don Fadrique no tenia tiempo para rodeos y perifrasis, y se fue
bruscamente al asunto que le mortificaba.
--Sobrina, con franqueza: ?los versos que hemos oido los ha compuesto D.
Carlos para ti?
--iQue disparate! --respondio Lucia, soltando una carcajada.
--?Y p
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