|
on el P.
Jacinto y con otros amigos de la infancia, que le estaban aguardando.
Entre ellos sobresalia el tio Gorico, maestro pellejero, habil
fabricador de corambres y notabilisimo en el dificil arte de echar
botanas a los pellejos rotos. Este habia sido el muchacho mas diabolico
del lugar despues de D. Fadrique, y su teniente cuando las pendencias,
pedreas y demas hazanas contra el bando de D. Casimiro.
El tio Gorico no tenia mas defecto que el de haberse entregado con
sobrado carino a la bebida blanca. El aguardiente anisado le encantaba.
Y como al asomar la aurora por el estrecho horizonte de Villabermeja el
tio Gorico, segun su expresion, mataba el gusanillo, resultaba que casi
todo el dia estaba calamocano, porque aquel fuego que encendia en su ser
con el primer fulgor matutino, se iba alimentando, durante el dia,
merced a frecuentes libaciones.
Por lo demas, el tio Gorico no perdia nunca la razon; lo que lograba era
envolver aquella luz del cielo en una gasa tenue, en un fanal primoroso,
que le hacia ver las cosas del mundo exterior y todo lo interno de su
alma y los tesoros de su memoria como al traves de un vidrio magico.
Jamas llegaba a la embriaguez completa; y una vez sola, decia el habia
tenido en toda su vida alferecia en las piernas. Era, pues, hombre de
chispa en diversos sentidos, y nadie tenia mejores ocurrencias, ni
contaba mas picantes chascarrillos, ni se mostraba mas util y agradable
companero en una partida de caza.
En el lugar gozaba de celebridad envidiable por mil motivos, y entre
otros, porque hacia el papel de Abraham en el paso de Jueves Santo por
la manana, tan admirablemente bien, que nadie se le igualaba en muchas
leguas a la redonda. Con un vestido de mujer por tunica, una colcha de
cama por manto, su turbante y sus barbas de lino, tomaba un aspecto
venerable. Y cuando subia al monte Moria, que era un establo cubierto de
verdura, que se elevaba en medio de la plaza, adquiria la majestad
patetica de un buen actor. Pero en lo que mas se lucia, arrancando
gritos de entusiasmo, era cuando ofrecia a Isaac al Todopoderoso antes
de sacrificarle. Isaac era un chiquillo de diez anos lo menos. Con la
mano derecha el tio Gorico le levantaba hacia el cielo, y asi, extendido
el brazo, como si no fuera de hueso y carne, sino de acero firmisimo,
permanecia catorce o quince minutos. Luego venia el momento de las mas
vivas emociones; el terror tragico en toda su fuerza. Abraham ataba al
chiquillo al
|