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dos; suelen tener un criterio alla a
su manera, y a menudo las cosas mas ciertas les parecen falsas o
inverosimiles, y las mentiras, por el contrario, muy conformes con la
verdad. Recuerdo que un mayordomo andaluz de cierto inolvidable y
discreto Duque, que estuvo de embajador en Napoles, fue a su pueblo con
licencia. Cuando volvio le embromabamos suponiendo que habria contado
muchos embustes. El nos confeso que si, y aun anadio, jactandose de
ello, que todo se lo habian creido, menos una cosa.
--?Que cosa era esa? --le preguntamos.
-Que cerca de Napoles --respondio,-- hay un monte que echa chispas por
la punta.
De esta suerte pudo muy bien nuestro D. Fadrique, sin apartarse un apice
de la verdad, dejar de ser creido en algo, sin que sus paisanos se
atreviesen a decirle, como decian al mayordomo del Duque cuando hablaba
del Vesubio: "iEsa es grilla!"
Al dia tercero despues de la llegada de D. Fadrique, su hermano D. Jose
y su familia se volvieron a la ciudad; y entonces, con mas reposo, pudo
entregarse el Comendador a otro placer no menos grato: el de visitar y
recordar los sitios mas queridos y frecuentados de su ninez, y aquellos
en que le habia ocurrido algo memorable. Estuvo en el Retamal y en el
Llanete, que esta junto, donde le descalabraron dos veces; fue a la
fuente de Genazahar y al Pilar de Abajo; subio al Laderon y a la Nava, y
extendio sus excursiones hasta el cerro de Jilena y el monte de
Horquera, poblado entonces de corpulentas y seculares encinas.
Tomo, por ultimo, D. Fadrique verdadera posesion de su vivienda,
arrellanandose en ella, por decirlo asi, poniendo en orden los muebles
que habia traido, colocando los libros y colgando los cuadros.
En estas faenas, dirigidas por el, casi siempre estaba presente el P.
Jacinto; y al cabo D. Fadrique quedo instalado, forjandose un retiro,
rustico a par que elegante, y una soledad amenisima en el lugar donde
habia nacido.
VII
Encantado estaba D. Fadrique con su modo de vivir. Ya leyendo, ya de
tertulia o de paseo con el P. Jacinto, ya de expediciones campestres y
venatorias con el mismo padre y con el iluminado y ameno tio Gorico, el
tiempo se deslizaba del modo mas grato. Ningun deseo sentia D. Fadrique
de ir a otro pueblo, abandonando a Villabermeja; pero D. Jose tenia
cuarto preparado para recibirle en su casa de la ciudad, y sus
instancias fueron tales, que no hubo mas que ceder a ellas.
El Comendador fue a la ciudad a pasar todo el m
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