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ue sea,
supongo en esta vida que vivimos, por mas que sirva para ganar la otra,
un fin y un proposito en si, y no solo el ultramundano. Este fin, este
proposito es ir caminando hacia la perfeccion, y sin alcanzarla aqui
nunca, acercarse cada vez mas a ella. Creo, pues, en el progreso; esto
es, en la mejora gradual y constante de la sociedad y del individuo, asi
en lo material como en lo moral, y asi en la ciencia especulativa como
en la que nace de la observacion y la experiencia, y da ser a las artes
y a la industria.
El mejor medio de este progreso, y al mismo tiempo su mejor resultado en
nuestros dias, es, a mi ver, la libertad. La condicion mas esencial de
esta libertad es que todos seamos igualmente libres.
Figurese V. cuanto me encantaria la revolucion francesa y su Asamblea
Constituyente, que propendia a realizar estos principios mios; que
proclamaba los derechos del hombre.
Pedi mi retiro, deje mi carrera, y vine, lleno de impaciencia, desde el
otro hemisferio a banarme en la luz inmortal de la gran revolucion y a
encender mi entusiasmo en el sagrado fuego que ardia en Paris, donde
imagine que estaban el corazon y la mente del mundo.
Pronto se desvanecieron mis ilusiones. Los apostoles de la nueva ley me
parecieron, en su mayor parte, bribones infames o freneticos furiosos,
llenos de envidia y sedientos de sangre. Vi al talento, a la virtud, a
la belleza, al saber, a la elegancia, a todo lo que por algo sobresale
en la tierra, ser victima de aquellos fanaticos o de aquellos
envidiosos. Las hazanas de los soldados de la revolucion contra los
reyes de Europa coligados no podian admirarme. No me parecian la defensa
serena del que confia en su valor y en su derecho, sino el brio febril
de la locura, excitada por la embriaguez de la sangre y por medio de
asesinatos horribles. Paris se me antojaba el infierno, y no atino ahora
a comprender como permaneci tanto tiempo en el. Todo estaba trocado: la
brutalidad se llamaba energia; sencillez el desalino indecente;
franqueza la groseria, y virtud el no tener entranas para la compasion.
Recordaba yo las epocas de mayor tirania, y no hallaba epoca alguna
peor, sobre todo si se considera que estabamos en el centro de Europa y
que llevabamos tantos siglos de civilizacion y cultura. El tirano no era
uno, eran varios, y todos soeces y sucios de alma y de cuerpo.
Hui de Paris y vine a Madrid. Otra desilusion. Si por alla crei
presenciar una abominable y barbara trajedia
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