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n la mujer hubo de considerarse como un manantial de
perversion. Asi es que en los lugares, en las familias acomodadas y
nobles, cuando eran religiosas y morigeradas, se educaban las ninas para
que fuesen muy hacendosas, muy arregladas y muy senoras de su casa.
Aprendian a coser, a bordar y a hacer calceta; muchas sabian de cocina;
no pocas planchaban perfectamente; pero casi siempre se procuraba que no
aprendiesen a escribir, y apenas si se les ensenaba a leer de corrido
en _El Ano Cristiano_ o en algun otro libro devoto.
Las chachas Victoria y Ramoncica se habian educado asi. La diversa
condicion y caracter de cada una establecio despues notables
diferencias.
La chacha Victoria, alta, rubia, delgada y bien parecida,
habia sido, y continuo siendo hasta la muerte, naturalmente sentimental
y curiosa. A fuerza de deletrear, llego a leer casi de corrido cuando
estaba ya muy granada; y sus lecturas no fueron solo de vidas de santos,
sino que conocio tambien algunas historias profanas y las obras de
varios poetas. Sus autores favoritos fueron dona Maria de Zayas y
Gerardo Lobo.
Se preciaba de experimentada y desenganada. Su conversacion estaba
siempre como salpicada de estas dos exclamaciones: --iQue mundo este!
--iLo que ve el que vive!-- La chacha Victoria se sentia como hastiada y
fatigada de haber visto tanto, y eso que sus viajes no se habian
extendido mas alla de cinco o seis leguas de distancia de Villabermeja.
Una pasion, que hoy calificariamos de romantica, habia llenado toda la
vida de la chacha Victoria. Cuando apenas tenia diez y ocho anos,
conocio y amo en una feria a un caballero cadete de infanteria. El
cadete amo tambien a la chacha, que no lo era entonces; pero los dos
amantes, tan hidalgos como pobres, no se podian casar por falta de
dinero. Formaron, pues, el firme proposito de seguir amandose, se
juraron constancia eterna y decidieron aguardar para la boda a que
llegase a capitan el cadete. Por desgracia, entonces se caminaba con
pies de plomo en las carreras, no habia guerras civiles ni
pronunciamientos, y el cadete, firme como una roca y fiel como un perro,
envejecio sin pasar de teniente nunca.
Siempre que el servicio militar lo consentia, el cadete venia a
Villabermeja; hablaba por la ventana con la chacha Victoria, y se decian
ambos mil ternuras. En las largas ausencias se escribian cartas amorosas
cada ocho o diez dias; asiduidad y frecuencia extraordinarias entonces.
Esta necesidad de
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