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o
peor.
Esto me ha desanimado de tal suerte, que he estado a punto de no volver
a escribirlas.
Entre las pocas personas que me han dado nuevo aliento descuella V., ora
por la indulgencia con que celebra mis obrillas, ora por el valor que
los elogios de V., si prescindimos por un instante de la bondad que los
inspira, deben tener para cuantos conocen su rara discrecion, su
delicado gusto y el hondo y exquisito sentir con que percibe todo lo
bello.
Aunque yo no hubiese seguido de antemano la sentencia de aquel sabio
alejandrino que afirmaba que solo las personas hermosas entendian de
hermosura, V. me hubiera movido a seguirla, mostrandose luminoso y vivo
ejemplo y gentil prueba de su verdad.
No extrane V., pues, que, lleno de agradecimiento, le dedique este
libro.
Por ir dedicado a V., quisiera yo que fuese mejor que _Pepita Jimenez_,
a quien V. tanto celebra; pero harto sabido es que las obras literarias,
y muy en particular las de caracter poetico, solo se dan bien en
momentos dichosos de inspiracion, que los autores no renuevan a su
antojo.
En esto como en otras mil cosas, la poesia se parece a la magia.
Requiere la intervencion del cielo.
Cuentan de Alberto Magno que, yendo en peregrinacion de Roma a Alemania,
paso una noche a las orillas del Po, en la cabana de un pescador.
Agasajado alli muy bien, quiso el doctor probar su gratitud al huesped,
y le hizo y le dio un pez de madera, tan maravilloso que, puesto en la
red atraia a todos los peces vivos. No hay que ponderar la ventura del
pescador con su pez magico. Cierto dia, con todo, tuvo un descuido, y el
pez se le perdio. Entonces se puso en camino, fue a Alemania, busco a
Alberto, y le rogo que le hiciera otro pez semejante al primero. Alberto
respondio que lo deseaba (tambien deseo yo hacer otra _Pepita Jimenez;_)
mas que, para hacer otro pez que tuviese todas las virtudes del antiguo,
era menester esperar a que el cielo presentase identico aspecto y
disposicion en constelaciones, signos y planetas, que en la noche en que
el primer pez se hizo, lo cual no podia acontecer sino dentro de treinta
y seis mil y pico de anos.
Como yo no puedo esperar tanto tiempo, me resigno a dedicar a V. _El
Comendador Mendoza_.
Este simpatico personaje, antes de salir en publico, no ya escondido y a
trozos, sino por completo y por si solo, pasa, con la venia de Lucia, a
besar humildemente los lindos pies de V. y a ponerse bajo su amparo.
Remedando a un antiguo
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