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mprovisado,
desiertas durante el dia, se poblaban instantaneamente con la variada
muchedumbre de los peones. Los grupos, al volver de los diversos
lugares donde habian estado trabajando, se encontraban y se
confundian, siguiendo la misma direccion.
Una casa de madera, que por su tamano era la unica que podia
compararse con la del contratista, los iba atrayendo a todos. Sobre su
puerta habia un rotulo, hecho en letras caligraficas: "Almacen del
Gallego". Este gallego era, en realidad, andaluz; pero todos los
espanoles que van a la Argentina deben ser forzosamente gallegos. Al
mismo tiempo que despacho de bebidas era tienda de los mas diversos
articulos comestibles y suntuarios. Su dueno se ofendia cuando las
gentes llamaban "boliche" a lo que el daba el titulo de "almacen";
pero todos en el pueblo seguian designando al establecimiento con el
nombre primitivo de su modesta fundacion.
Un grupo de parroquianos fieles ocupaba por derecho propio las
cercanias del mostrador. Unos eran emigrantes de Europa que habian
rodado por las tres Americas, desde el Canada a la Tierra del Fuego.
Otros, mestizos o blancos, vueltos al estado primitivo despues de
largos anos de existencia en el desierto: hombres de perfil aguileno,
gran barba y luenga cabellera, tocados con amplios chambergos y
llevando un cinturon de cuero adornado con monedas de plata, dentro
del cual ocultaban, a medias nada mas, el revolver y el cuchillo.
Fuera del boliche--ahora almacen--, unas en espera de sus maridos para
que no bebiesen demasiado, y otras al atisbo de los companeros de sus
noches, estaban las bellezas mas notables de la Presa, mestizas de tez
de canela y ojos de brasa, con cabelleras duras de color de tinta y
dientes de luminosa blancura, unas exageradamente gordas; otras
absurdamente flacas, como si acabasen de salir de una poblacion
sitiada por hambre o como si una llama interior devorase sus jugos.
Empezaron a brillar luces en las casas, perforando con sus rojas
punzadas la gasa violeta del crepusculo. Celinda y su acompanante
contemplaban el pueblo y el rio silenciosamente, como si temieran
cortar con sus voces la calma melancolica del ocaso.
--Vayase, senorita Rojas--dijo el de pronto, repeliendo la dulce
influencia del ambiente--. Va a cerrar la noche y su estancia se halla
lejos.
Se resistio Celinda a reconocer la posibilidad de un peligro para
ella. Ni los hombres ni la noche podian inspirarle miedo. Pero al fin
se despidio de W
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