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olestias no quise casarme otra vez...
iQue no hare yo por ti, Ida mia!"
"El ano proximo pienso dar por terminados mis negocios en America, y
volvere a nuestra patria, y comprare un castillo del que seras tu la
reina; y tal vez se enamore de ti algun noble oficial de caballeria
con apellido ilustre, y tu pobrecito papa tendra celos... imuchos
celos!..."
Mientras Pirovani escribia las ultimas palabras, su rostro empezo a
dilatarse con una sonrisa bondadosa.
Moreno, el argentino, no enviaba su pensamiento tan lejos. Escribia en
la casita de madera donde estaba instalada su oficina, bajo la luz de
un quinque de petroleo; pero su imaginacion, siguiendo la linea del
ferrocarril, se detenia, a dos dias de marcha, en un pueblo cercano a
Buenos Aires.
Tambien al levantar por un momento la cabeza para quitarse los
anteojos y limpiarlos, contemplaba, como los otros, una vision
familiar. Su esposa, una mujer joven, de rostro dulce, estaba con una
criatura de pechos en el regazo, entre dos ninos y una nina algo
mayores; pero ninguno de ellos pasaba de los siete anos. La habitacion
modesta ofrecia un aspecto fresco y gracioso. Aquella madre de
familia, al mismo tiempo que atendia a la prole, se preocupaba del
buen orden de su casa.
"A todas horas me acuerdo de ti y de los ninos. De seguir los deseos
de mi corazon, os traeria a todos inmediatamente a Rio Negro; pero
temo que nuestros pequenos sufran demasiado en este desierto. La vida
que yo llevo no es para que la soporten nuestros hijitos ni tampoco
tu, animosa companera de mi existencia."
Contemplo Moreno un retrato puesto sobre la mesa, en el que aparecia
su esposa y sus cuatro hijos. Beso la fotografia con emocion y volvio
a escribir:
"Afortunadamente, en el Ministerio me aprecian un poco por mi
laboriosidad, y espero que antes de un ano me trasladaran a Buenos
Aires. El mes proximo solicitare un permiso para ir a veros. El viaje
es caro, pero no puedo sufrir mas tiempo esta ausencia dolorosa."
Ricardo Watson no escribia cartas, pero ensonaba despierto como los
otros.
Sentado ante un tablero de dibujo en el que habia clavada una hoja
grande de papel, iba trazando los contornos de un canal. Pero el
dibujo se esfumo poco a poco para ser reemplazado por una vision de la
realidad ordinaria. Las lineas rojas y azules se convirtieron en un
rio orlado de sauces, en terrenos yermos y caminos polvorientos.
Este paisaje liliputiense ofrecia la vista completa de las
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