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s la de Babilonia, llena de gigantes,
de enanos, de bailarines y representantes, de instrumentos musicos y
marciales, de voces, de algazaras, que se ven y oyen por infinitas
ventanas que tiene el edificio, coronadas de luminarias y flechando
girandulas[417] y cohetes voladores[418]; y en un balcon grande de la
fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de
estatura, y muchos pretendientes por abajo, a pie, soldados, capitanes,
abogados, artifices y proferores de diferentes ciencias, mal vestidos,
hambrientos y desesperados, dandola voces, y con la confusion no se
entienden los unos a los otros, ni los otros a los unos. Y por otro
balcon del lado derecho va la Prosperidad, coronada de espigas de oro y
vestida de brocado de tres altos[419], bordado de las cuatro estaciones
del ano, sembrando talegos sobre muchos mentecatos ricos, que van en
literas roncando, que no los han menester y piensan que los suenan.
Ahora sigue todo este aparato una infinita tropa de carros largos,
llenos de comida y vestidos de mujeres y de hombres, que es la
guardarropa de la Fortuna; y con ir tantos como la siguen desnudos y
hambrientos, no les da un bocado que coman ni un trapo con que se
cubran, y aunque los repartiera con ellos, no les vinieran bien, que
estan hechos solamente a medida de los dichosos.
Seguia este carruaje un escuadron volante de locos, a pie, y a caballo,
y en coches, con diferentes temas, que habian perdido el juicio de
varios sucesos de la Fortuna por mar y por tierra, unos riendose, otros
llorando, otros cantando, otros callando, y todos renegando della[420];
y no tomaba de otros parecer, diligencia para no acertar nada,
desapareciendo toda esta maquina confusa una polvareda espantosa, en
cuyo temeroso pielago se anego toda esta confusion, llegando el dia, que
fue mucho que no se perdiera el sol con la grande polvareda, como don
Beltran[421] de los planetas, subiendose los dos camaradas la cuesta
arriba a la recien bautizada ciudad de Carmona[422], atalaya del
Andalucia, de cielo tan sereno[423], que nunca le tuvo, y adonde no han
conocido al catarro si no es para serville[424]; y tomando refresco de
unos conejos y unos pollos en un meson que se llama de los Caballeros,
pasaron a Sevilla, cuya giralda y torre[425] tan celebrada se descubre
desde la venta de Peromingo[426] el Alto, tan hija de vecino de los
aires, que parece que se descalabra en las estrellas.
Admiro a don Cleofas el sitio de su dil
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