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e llamaban asi por ser pequeno y moreno; el
Corneta de Lasala ostentaba una cicatriz violacea que le cruzaba la
frente. Su apodo procedia de su oficio de capataz de los que dan la
senal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina.
Los de la partida llegaron a media noche a Arichulegui, un monte
cercano a Oyarzun, y entraron en una borda proxima a la ermita.
Esta borda era la guarida del Cura. Alli estaba su deposito de
municiones.
El cabecilla no estaba. Guardaba la borda un reten de unos veinte
hombres. Se hizo pronto de noche. Zalacain y Bautista comieron un rancho
de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco.
Al dia siguiente, muy de manana, sintieron los dos que les despertaban
de un empujon; se levantaron y oyeron la voz de Luschia:
--Hala. Vamos andando.
Era todavia de noche; la partida estuvo lista en un momento. Al mediodia
se detuvieron en Fagollaga y al anochecer llegaban a una venta proxima a
Andoain, en donde hicieron alto. Entraron en la cocina. Segun dijo
Luschia, alli se encontraba el Cura.
Efectivamente, poco despues, Luschia llamo a Zalacain y a Bautista.
--Pasad--les dijo.
Subieron por la escalera de madera hasta el desvan y llamaron en una
puerta.
--?Se puede?--pregunto Luschia.
--Adelante.
Zalacain, a pesar de ser templado, sintio un ligero estremecimiento en
todo el cuerpo, pero se irguio y entro sonriente en el cuarto. Bautista
llevaba el animo de protestar.
--Yo hablare--dijo Martin a su cunado--tu no digas nada.
A la luz de un farol, se veia un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas
de maiz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno
de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el
apodo de _el Jabonero_.
--Buenas noches--dijo Zalacain en vascuence.
--Buenas noches--contesto _el Jabonero_ amablemente.
El cura no contesto. Estaba leyendo un papel.
Era un hombre regordete, mas bajo que alto, de tipo insignificante, de
unos treinta y tantos anos. Lo unico que le daba caracter era la mirada,
amenazadora, oblicua y dura.
Al cabo de algunos minutos, el cura levanto la vista y dijo:
--Buenas noches.
Luego siguio leyendo.
Habia en todo aquello algo ensayado para infundir terror. Zalacain lo
comprendio y se mostro indiferente y contemplo sin turbarse al cura.
Llevaba este la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera
que le mirasen a los ojos; gastaba barba ya ruda y crecida, e
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